La escritora Marilyn McEntyre relata que una amiga le enseñó que «lo opuesto a la envidia es la celebración». A pesar de la discapacidad física y el dolor crónico de esa amiga, que le impedían desarrollar sus talentos como deseaba, pudo encarnar de manera singular el gozo y celebrar con otros, «apreciando cada encuentro», hasta su muerte. Esa perspectiva permanece conmigo y me recuerda a amigos que ponen en práctica esa clase de gozo genuino, profundo y sin comparaciones hacia los demás. Es fácil caer en la trampa de la envidia. Alimenta nuestras vulnerabilidades, heridas y temores más profundos, susurrando que si tan solo fuéramos más como fulano, no tendríamos problemas ni nos sentiríamos mal.
En 1 Pedro 2, el apóstol les recordó a los nuevos creyentes que la única manera de librarnos de las mentiras que nos dice la envidia es arraigándonos profundamente en la verdad, habiendo «gustado la benignidad del Señor» (vv. 1-3). Podemos «[amarnos] unos a otros entrañablemente, de corazón» (1:22) cuando conocemos la fuente verdadera de nuestro gozo: «la palabra de Dios que vive y permanece para siempre» (v. 23).
Podemos dejar de compararnos cuando recordamos quiénes somos: «linaje escogido, […] pueblo adquirido por Dios, […] aquel que [nos] llamó de las tinieblas a su luz admirable» (2:9). Monica La Rose - Pan Diario
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