Tras nacer en una granja, Judson Van DeVenter aprendió a pintar, estudió y se convirtió en maestro de arte. Pero Dios tenía un plan distinto para él. Sus amigos de la iglesia lo instaron a dedicarse a evangelizar. Judson también sintió que Dios lo llamaba, pero le costaba dejar su amor por el arte. Luchó con Dios, pero «por fin» —escribió—, «la hora del cambio llegó a mi vida, y le entregué todo».
Es imposible imaginar la angustia de Abraham cuando Dios lo llamó a entregar a su hijo Isaac. Tras su orden: «ofrécelo allí en holocausto» (Génesis 22:2), nos preguntamos qué cosa preciosa nos está llamando Él a sacrificar. Sabemos que, al final, Dios salvó a Isaac (v. 12), pero la enseñanza quedó: Abraham estuvo dispuesto a ofrecer lo más preciado para él. Confió en que Dios proveería. Decimos que amamos a Dios, pero ¿estamos dispuestos a sacrificar lo más preciado? Judson obedeció el llamamiento de Dios a evangelizar, y más tarde escribió el himno Consagrarme todo entero. Al tiempo, Dios llamó a Judson a enseñar de nuevo. Uno de sus alumnos fue un joven llamado Billy Graham.
El plan de Dios para nuestra vida tiene propósitos que no imaginamos. Anhela que estemos dispuestos a consagrarle todo. Es lo menos que podemos hacer, ya que Él sacrificó a su Hijo por nosotros. Kenneth Petersen - Pan Diario

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