Legado eterno

Cuando las tormentas de arena Dust Bowl azotaron los Estados Unidos durante la Gran Depresión, John M. David, un residente de Hiawatha, Kansas, decidió hacerse famoso. Millonario y sin hijos, podría haber invertido en obras de caridad o desarrollo económico, pero prefirió gastar una gran cantidad de dinero en construir once estatuas de tamaño real de él y su fallecida esposa en el cementerio local. 
«En Kansas me odian», le dijo a un periodista. Los habitantes de la ciudad querían que financiara la construcción de instalaciones públicas como un hospital, una piscina o un parque. Sin embargo, lo único que dijo fue: «Es mi dinero y lo gasto como quiero».
El rey Salomón, el hombre más rico de su época, escribió: «El que ama el dinero, no se saciará de dinero» y «cuando aumentan los bienes, también aumentan los que los consumen» (Eclesiastés 5:10-11). Era consciente de las tendencias corruptivas de las riquezas. Pablo también entendía eso y decidió invertir su vida en obedecer a Jesús. Desde una cárcel romana, esperando ser ejecutado, escribió: «ya estoy para ser sacrificado, […] he acabado la carrera, he guardado la fe» (2 Timoteo 4:6-7). Lo que realmente perdura es lo que damos por amor unos a otros y al Señor, quien nos muestra cómo amar. Tim Gustafson - Pan Diario

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