En los albores del siglo xix, Mary McDowell vivía totalmente ajena a los brutales mataderos de Chicago. Aunque su casa estaba a solo unos 35 kilómetros, sabía poco de las terribles condiciones de trabajo que llevaron a los empleados a hacer huelga. Cuando se enteró de lo que enfrentaban junto con sus familias, se mudó a vivir entre ellos y abogar por mejores condiciones. Se ocupó de sus necesidades, incluso enseñando en una escuela en el fondo de una pequeña tienda.
Adoptar una posición firme a favor de mejores condiciones para otros es lo que hizo Ester. Era la reina de Persia (Ester 2:17) y tenía una serie de privilegios diferentes a los de su pueblo israelita, exiliado por todo ese imperio. No obstante, Ester asumió la carga de los Israelitas y arriesgó su vida por ellos, diciendo: «entraré a ver al rey, aunque no sea conforme a la ley; y si perezco, que perezca» (4:16). Podría haberse quedado callada porque su esposo, el rey, no sabía que era judía (2:10). Pero decidió no ignorar los ruegos de ayuda de su pueblo y trabajó valientemente para revelar el complot para destruir a los judíos.
Tal vez no podamos defender causas masivas como Mary McDowell o la reina Ester, pero sí ver las necesidades de otros y usar lo que Dios ha provisto para ayudarlos. Katara Patton - Pan Diario

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