Una inversión absurda

En 1929, cuando la economía estadounidense colapsó, millones de personas perdieron todo. Pero Floyd Odlum no. Cuando todos vendían sus acciones a precios sumamente bajos, Odlum pareció actuar como un necio al comprarlas, pero esa «perspectiva» necia dio su fruto al generar enormes inversiones que duraron décadas.
Dios le dijo a Jeremías que hiciera una inversión aparentemente absurda: «Compra [la heredad, que está en Anatot en tierra de Benjamín» (Jeremías 32:8). Pero no era momento de comprar campos, ya que la nación estaba por ser saqueada: «el ejército del rey de Babilonia tenía sitiada a Jerusalén» (v. 2); y lo que el profeta comprara sería en breve de Babilonia. ¿Quién sería tan necio de invertir cuando todo se perdería? Claro, aquel que escucha al Dios que planeaba un futuro que nadie más podía ver: «así ha dicho el Señor de los ejércitos, Dios de Israel: Aún se comprarán casas, heredades y viñas en esta tierra» (v. 15). El Señor veía más allá de la ruina, y prometió dar salvación y restauración. Una inversión absurda en un servicio para Dios no es necia, sino lo más sabio cuando Él nos guía a hacerla. Con su guía, una inversión «necia» en otras personas tiene el mayor de los sentidos. Winn Collier - Pan Diario

Nos oye desde el cielo

Con 18 meses de vida, Marcos nunca había oído la voz de su madre. Los médicos le colocaron su primer audífono, y su mamá le preguntó: «¿Puedes oírme?». El niño levantó los ojos. «¡Hola, bebé!», agregó ella. Un Marcos sonriente le respondió con suaves balbuceos. Entre lágrimas, Laura sabía que había presenciado un milagro, porque lo había dado a luz prematuramente después de que un ladrón le disparara tres veces al asaltar su casa. Con menos de medio kilo de peso al nacer, Marcos había pasado 158 días en terapia intensiva, sin esperanzas de que sobreviviera, y menos aún, de que oyera.
Esta historia conmovedora me recuerda al Dios que nos oye. El rey Salomón pidió fervientemente que el Señor oyera. Cuando «no lloviere» (1 Reyes 8:35), durante «hambre, pestilencia» (v. 37), «batalla» (v. 44), e incluso habiendo pecado, «tú oirás en los cielos su oración y su súplica, y […] harás justicia», oró (v. 45). En su bondad, Dios respondió con una promesa que aún cautiva nuestro corazón: «si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra» (2 Crónicas 7:14). El cielo puede parecer lejano, pero Dios oye nuestras oraciones y responde. Patricia Raybon - Pan Diario

¿Escapar o tener paz?

«ESCÁPATE», anuncia el cartel brillante de la tienda de jacuzzis. Capta mi atención y me hace pensar. Con mi esposa, hablamos de comprar uno… algún día. ¡Sería como estar de vacaciones en el patio de casa! Excepto por la limpieza y la factura de electricidad. Entonces, de repente, la escapada anhelada comienza a sonar como algo de lo cual necesito escapar.
Aun así, esa palabra es tan tentadora porque promete algo que queremos: alivio, comodidad, seguridad… escapar. Nuestra cultura nos tienta de muchas maneras a hacerlo. Ahora bien, no hay nada malo en descansar o en unas vacaciones en un lugar hermoso, pero hay una diferencia entre escapar de las dificultades de la vida y confiar en Dios en ellas.
En Juan 16, Jesús les resume a sus discípulos que lo que les sobrevendrá probará su fe: «En el mundo tendréis aflicción». Pero luego agrega esta promesa: «pero confiad, yo he vencido al mundo». No quería que se hundieran en la desesperación. En cambio, los invitaba a confiar en Él y en el descanso que ofrecía: «Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz» (v. 33).
Jesús no nos promete una vida libre de dolor, pero sí da su palabra de que, si confiamos en Él, experimentaremos una paz más profunda y satisfactoria que cualquier escapada que el mundo trate de ofrecernos. Adam Holz - Pan Diario

La pantalla mágica y el perdón

La pequeña caja rectangular era mágica. Cuando era niña, podía estar horas jugando con ella. Girando una perilla, creaba líneas horizontales en la pantalla. Giraba otra y… listo: una vertical. Cuando giraba las dos juntas, podía hacer diseños creativos en todas las direcciones. Pero lo verdaderamente mágico era cuando la ponía boca abajo, la sacudía un poco y la volvía a enderezar. La pantalla aparecía en blanco, ofreciéndome la oportunidad de crear un nuevo diseño.
El perdón de Dios actúa muy parecido a la pantalla mágica. Él borra nuestro pecado y crea para nosotros un lienzo nuevo. Aunque recordemos nuestros errores, Dios decide perdonar y olvidar. Los borró y no los tendrá más en cuenta. No nos trata según nuestras acciones pecaminosas (Salmo 103:10), sino que extiende su gracia mediante el perdón. Tenemos una pantalla limpia, y podemos ser librados de la culpa y la vergüenza por su asombroso regalo para nosotros.
El salmista nos recuerda que nuestros pecados han sido separados de nosotros como lo está el este del oeste (v. 12). ¡Es imposible llegar de uno al otro! A los ojos de Dios, nuestros pecados ya no cuelgan de nosotros como una letra escarlata o un mal dibujo. Por esta razón, nos regocijamos y agradecemos a Dios por su gracia y misericordia asombrosas. Katara Patton - Pan Diario

Lavado


Dona un euro, haz clic en el botón amarillo. Dios te bendiga

Mi amigo Bill comentó que Gerardo, un conocido suyo, había estado «muy lejos de Dios por mucho tiempo». Un día, Bill le explicó que Dios, en su amor, había provisto el camino para que fuéramos salvos, y Gerardo creyó en Jesús. Se arrepintió de su pecado y le entregó su vida a Cristo. Cuando Bill le preguntó cómo se sentía, le respondió mientras se secaba las lágrimas: «Lavado».
¡Qué respuesta asombrosa! Es precisamente la esencia de la salvación que se hizo posible por medio de la fe en el sacrificio de Jesús por nosotros en la cruz. En 1 Corintios 6, después de dar ejemplos de cómo la desobediencia lleva a separarse de Dios, dice: «Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús» (v. 11). «Lavados», «santificados», «justificados»: palabras que describen a los creyentes perdonados y reconciliados con Dios. Tito 3:4-5 agrega: «Dios nuestro Salvador […] nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración». Mediante la fe en Jesús, el pecado que nos separaba de Dios es lavado y quitado. Nos convertimos en una nueva creación (2 Corintios 5:17), obtenemos acceso al cielo (Efesios 2:18) y somos limpiados (1 Juan 1:7). Dave Branon - Pan Diario