El mayor regalo de amor

Mi hijo Geoff salía de una tienda cuando vio un andador abandonado. Espero que nadie necesite ayuda adentro, pensó. Miró detrás del edificio y encontró a un vagabundo inconsciente sobre el pavimento. Lo levantó y le preguntó si estaba bien. «Estoy tratando de emborracharme hasta morir —le respondió—. Una tormenta rompió mi carpa y perdí todo. No quiero vivir más».
Geoff llamó a un ministerio cristiano de rehabilitación, y mientras llegaban, fue hasta su casa y le llevó su tienda de acampar. «¿Cómo te llamas?», le preguntó, y el vagabundo contestó: «Geoffrey, con ge». Mi hijo no le había mencionado su nombre ni cómo se escribía. Más tarde, me dijo: «Papá, ese hombre podría haber sido yo».
Geoff había tenido problemas de adicción, y ayudó al hombre por la bondad que él mismo había recibido de Dios. El profeta Isaías dijo al anunciar la misericordia de Dios hacia nosotros: «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas el Señor cargó en él el pecado de todos nosotros» (Isaías 53:6).
Cristo, nuestro Salvador, no nos dejó solos, perdidos y sin esperanza, sino que decidió identificarse con nosotros y elevarnos en su amor, para que fuéramos liberados y viviéramos una vida nueva en Él. Este es el mayor regalo. James Banks - Pan Diario

Enfrenta tu tormenta

El 3 de abril de 1968, una feroz tormenta azotó Memphis, Tennessee. Agotado y sintiéndose enfermo, el reverendo Martin Luther King Jr. no había planeado dar su discurso en apoyo a los trabajadores de la salud en una iglesia, pero una sorpresiva llamada telefónica le informó que una gran multitud había enfrentado la tormenta para ir a escucharlo. Entonces fue y dio lo que algunos consideran su mejor discurso: «He estado en la cima de la montaña».
Al día siguiente, King fue asesinado, pero su discurso aún sigue inspirando a los oprimidos, con la esperanza de «la tierra prometida». Asimismo, los primeros seguidores de Jesús fueron alentados con un mensaje conmovedor. El libro de Hebreos, escrito para animar a los judíos creyentes amenazados por su fe en Cristo, brinda aliento espiritual para no perder la esperanza, instando: «levantad las manos caídas y las rodillas paralizadas» (12:12). Por ser judíos, reconocerían que el profeta Isaías había hecho ese llamado originalmente (Isaías 35:3).
Pero ahora, como discípulos de Cristo, somos llamados a «[correr] con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe» (Hebreos 12:1-2). Al hacerlo, no nos cansaremos ni desanimaremos (v. 3 RVC). Patricia Raybon - Pan Diario

Oscuridad y luz


Dona un euro, haz clic en el botón amarillo. Dios te bendiga

Sentada en un tribunal, fui testigo de varios ejemplos de nuestro mundo roto: una hija separada de su madre, una pareja que había perdido el amor y ahora solo compartían amargura; un esposo que anhelaba reconciliarse con su esposa y volver a ver a sus hijos. Necesitaban desesperadamente sanar las heridas de su corazón y que prevaleciera el amor de Dios.
A veces, cuando el mundo que nos rodea parece tener solo oscuridad y angustia, es fácil desesperarse. Pero, entonces, el Espíritu que vive en los creyentes en Jesús (Juan 14:17) nos recuerda que Él murió por ese dolor y quebrantamiento. Cuando entró en el mundo como un humano, trajo luz (1:4-5; 8-12). Esto lo vemos en su conversación con Nicodemo, quien se acercó a Jesús disimuladamente en la oscuridad, pero partió impactado por la Luz (3:1-2; 19:38-40).
Jesús le enseñó que «de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna» (3:16). No obstante, aunque Jesús trajo luz y amor al mundo, muchos siguen perdidos en la oscuridad de su pecado (vv. 19-20). Si somos sus seguidores, tenemos la luz que disipa las tinieblas. Que Dios nos convierta en faros que iluminen con su amor (Mateo 5:14-16). Alyson Kieda - Pan Diario

Vida mediante la muerte

Carlos batallaba contra el cáncer y necesitaba un trasplante doble de pulmón. Le pidió a Dios pulmones nuevos, pero se sentía raro al hacerlo. Confesó que era algo extraño por lo cual orar porque «alguien tiene que morir para que yo pueda vivir».
El dilema de Carlos resalta una verdad básica de la Escritura: Dios usa la muerte para traer vida. Lo vemos en la historia del éxodo. Los israelitas habían nacido en la esclavitud y languidecían bajo la opresión egipcia. Faraón no soltaría sus garras hasta que Dios se ocupó personalmente: todo primogénito moriría a menos que la familia matara un cordero sin mancha y pintara con su sangre los postes de las puertas de sus casas (Éxodo 12:6-7).
Hoy, tú y yo nacimos esclavos del pecado. Satanás no soltaría las garras hasta que Dios se ocupara personalmente: sacrificó a su Hijo perfecto sobre las vigas ensangrentadas de la cruz.
Jesús nos invita a unirnos a Él allí. Pablo explicó: «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí» (Gálatas 2:20). Cuando aceptamos por fe al Cordero inmaculado de Dios, nos comprometemos a morir diariamente con Él, y podemos andar en una vida nueva (Romanos 6:4-5). Nunca estamos más vivos que cuando morimos con Cristo. Mike Wittmer - Pan Diario

Practicar lo que se predica

Comencé a leerles la Biblia a mis hijos cuando el menor, Xavier, empezó el jardín de infantes. Buscaba momentos apropiados y compartía versículos que se aplicaban a las circunstancias, y los alentaba a orar conmigo. Xavier los memorizaba fácilmente, y si nos encontrábamos en una situación en que necesitábamos sabiduría, citaba aquellos que arrojaban luz sobre la verdad de Dios.
Un día, me enojé y le hablé con dureza. Mi hijo encogió los hombros y dijo: «Practica lo que predicas, mamá».
Su recordatorio evoca el sabio consejo de Santiago a los judíos creyentes en Jesús dispersos en diversas naciones (Santiago 1:1). Señalando las maneras en que el pecado puede interferir para testificar de Cristo, los alienta diciendo: «recibid con mansedumbre la palabra implantada» (v. 21). Al oír y no obedecer las Escrituras, somos como los que se miran al espejo y luego olvidan cómo son (vv. 23-24): portadores de la imagen de Dios. A quienes creemos en Cristo se nos ordena compartir el evangelio. El Espíritu Santo nos transforma y capacita para representar mejor al Señor y ser mensajeros idóneos de la buena noticia. Cuando nuestra obediencia por amor nos ayuda a reflejar la verdad de Dios, podemos hablarles a otros de Jesús, practicando lo que predicamos. Xochitl Dixon - Pan Diario