En Dios ponemos nuestra confianza

Faltaban seis semanas para que el bebé naciera, pero el médico diagnosticó que Julia padecía colestasis, un problema hepático común en el embarazo. Angustiada, la llevaron al hospital, donde la trataron y dijeron que ¡inducirían el parto en 24 horas! En otra área del hospital, estaban ubicando respiradores y otros equipos para casos de COVID-19. Por esta razón, la enviaron a su casa. Julia decidió confiar en Dios y sus planes, y pocos días después, dio a luz a un bebé saludable.
Cuando la Escritura se arraiga en nosotros, transforma nuestra manera de reaccionar en situaciones difíciles. Jeremías vivió en una época en la que casi toda la sociedad confiaba en alianzas humanas, y prevalecía la adoración a ídolos. El profeta contrasta a la persona que «confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta del Señor» (Jeremías 17:5) con la que confía en Dios. «Bendito el varón […] cuya confianza es el Señor. Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, […] su hoja estará verde» (vv. 7-8). Como creyentes en Cristo, se nos llama a vivir por fe y buscar soluciones en Dios. Cuando nos fortalece, podemos escoger temer o confiar en Él. Dios dice que somos bendecidos —plenamente satisfechos— cuando decidimos poner nuestra confianza en su Persona. Regie Keller - Pan Diario

No guardar rencor

En un evento publicitario en 2011, dos exjugadores de 73 años de edad de la Liga de Fútbol Canadiense empezaron a darse trompadas en el escenario. En un partido controversial por el campeonato en 1963, habían tenido una pelea y habían quedado «con la sangre en el ojo». Cuando uno de ellos sacó al otro del escenario de un puñetazo, la multitud exclamó que «lo dejara»; es decir, que «hiciera las paces».
La Biblia contiene muchos ejemplos de personas «con sangre en el ojo». Caín le guardaba rencor a su hermano Abel porque Dios había aceptado la ofrenda de este en lugar de la suya (Génesis 4:5). Su resentimiento fue tan profundo que finalmente «se levantó contra su hermano Abel, y lo mató» (v. 8). Esaú se resintió con Jacob porque este le robó la primogenitura que le pertenecía por derecho (27:41). Su rencor fue tan intenso que hizo que Jacob huyera por temor a perder la vida. La Biblia no solo nos da varios ejemplos de personas resentidas, sino que también nos instruye sobre cómo «hacer las paces»: buscar perdón y reconciliación. Dios nos llama a amar a los demás (Levítico 19:18), orar por los que nos dañan e insultan y perdonarlos (Mateo 5:43-47), vivir en paz con todos y vencer el mal con el bien (Romanos 12:18-21). Con su poder, hoy podemos «hacer las paces». Marvin Williams - Pan Diario

Felicidad verdadera

En el siglo x, Abd al-Rahman III gobernaba Córdoba, España. Después de 50 años de reinado exitoso («amado por mis súbditos, temido por mis enemigos y respetado por mis aliados»), evaluó más profundamente su vida. «Riquezas, honores, poder y placer han estado a mi disposición», dijo de sus privilegios. Pero cuando contó sus días de felicidad verdadera durante ese tiempo, sumaron solo catorce. ¡Qué aleccionador!
El escritor de Eclesiastés también fue un hombre de riqueza y honor (2:7-9), poder y placeres (1:12; 2:1-3). Y la evaluación de su vida fue igualmente aleccionadora. Comprendió que las riquezas solo llevan a desear más (5:10-11), que los placeres lograban poco (2:1-2) y que el éxito podía deberse tanto al azar como a la capacidad (9:11). Pero su evaluación no terminó tan sombría como la de al-Rahman. Creer en Dios era su fuente suprema de felicidad; vio que comer, trabajar y hacer el bien podían disfrutarse cuando se hacían para Él (2:25; 3:12-13).
«¡Oh, hombre —concluyó al-Rahman—, no pongas tu confianza en este mundo presente!». El autor de Eclesiastés estaría de acuerdo. Como fuimos hechos para la eternidad (3:11), los placeres y logros terrenales no satisfacen. La felicidad genuina está solo en Dios. Sheridan Voysey - Pan Diario

Dios amoroso

En cada ocasión, el profesor terminaba su clase en línea en una de dos maneras. Decía: «Hasta la próxima» o «buen fin de semana». Algunos estudiantes respondían: «Gracias, igualmente». Pero un día, uno contestó: «Lo quiero mucho». Sorprendido, respondió: «¡Yo también!». Esa tarde, los compañeros acordaron crear una «cadena te quiero» para mostrar su aprecio al profesor que tenía que dar clase a una pantalla en su computadora; no en persona, como habría preferido. Días después, cuando terminó de enseñar, el profesor dijo: «Hasta la próxima»; y uno tras otro los alumnos respondieron: «Lo quiero mucho». Así siguieron durante meses. El profesor dijo que eso había creado un vínculo poderoso con sus alumnos y que ahora los siente como «familia».
En 1 Juan 4:10-21, nosotros, como parte de la familia de Dios, encontramos varias razones para decirle más que «te quiero mucho»: «te amo». Envió a su Hijo como sacrificio por nuestro pecado (v. 10); envió su Espíritu a vivir en nosotros (vv. 13, 15); su amor es confiable (v. 16) y nunca debemos temer al juicio (v. 17). Nos capacita para amarlo a Él y a los demás «porque él nos amó primero» (v. 19).
La próxima vez que te reúnas con el pueblo de Dios, compartan motivos para amarlo. Hacer una cadena de «te amo» para el Señor lo alabará y los acercará unos a otros. Anne Cetas - Pan Diario

La rueda del alfarero

En 1952, para prevenir que personas descuidadas rompieran artículos en una tienda, el dueño de un local en Miami Beach colocó un cartel que decía: «Lo rompes, lo pagas». Esta frase pegadiza era una advertencia para los clientes. Ahora, también se puede ver en muchas boutiques.
Irónicamente, un cartel diferente se puede poner en la tienda de un alfarero. Diría: «Si lo rompes, lo convertiremos en algo mejor». Esto es exactamente lo que revela Jeremías 18.
Jeremías visita la casa de un alfarero y ve que este moldea con sus manos el barro que «se echó a perder», trabajando cuidadosamente el material para hacerlo «otra vasija» (v. 4). El profeta nos recuerda que Dios es en verdad un alfarero talentoso y que nosotros somos el barro. En su soberanía, Él puede usar lo que crea para destruir el mal y hacernos hermosos. Dios puede moldearnos aunque estemos estropeados o rotos. Como el Maestro alfarero, puede y está dispuesto a crear una vasija nueva y preciosa con nuestras piezas quebradas. No nos considera un material descartable, sino que toma las piezas y las moldea de la mejor manera.
Aun en nuestro quebrantamiento, tenemos un valor inmenso para nuestro Alfarero maestro. En sus manos, puede convertir nuestra vida en una vasija hermosa y útil para su servicio (v. 4). Katara Patton - Pan Diario