Micaela entrenaba a Timber, un bebé castor, para devolverlo a la vida salvaje. Cuando lo llevaba a nadar, regresaba al kayak para acurrucarse en ella y frotarle la nariz. Una mañana, no volvió. Micaela buscó durante horas antes de rendirse. Semanas después, encontró un cráneo de castor. Suponiendo que era Timber, se puso a llorar.
Mi alma se entristeció por ellos. Me dije: Basta de eso. Es solo un roedor acuático. Pero lo cierto es que me importaba… y a Dios también. Su amor alcanza los cielos y las criaturas más pequeñas, parte de la creación que nos llama a cuidar (Génesis 1:28). Él conserva «al hombre y al animal» (Salmo 36:5-6), proveyendo «a la bestia su mantenimiento» (147:9).
Un día, Micaela navegaba en una laguna cercana y… sorpresa, ¡ahí estaba Timber! Había encontrado una familia de castores y estaba ayudándola con sus dos crías. Emergió junto al kayak. Ella sonrió y dijo: «Luces bien. Tienes una familia hermosa». Él arrulló, chapoteó con la cola y nadó hacia su nueva mamá.
Me encantan los finales felices, ¡en especial los míos! Jesús prometió que su Padre suplirá todo lo que necesitemos, así como alimenta las aves (Mateo 6:25-26): «ni uno de [los pajarillos] cae a tierra sin vuestro Padre. […]. Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos» (10:29-31). Mike Wittmer - Pan Diario