Todas las criaturas, grandes y pequeñas

Micaela entrenaba a Timber, un bebé castor, para devolverlo a la vida salvaje. Cuando lo llevaba a nadar, regresaba al kayak para acurrucarse en ella y frotarle la nariz. Una mañana, no volvió. Micaela buscó durante horas antes de rendirse. Semanas después, encontró un cráneo de castor. Suponiendo que era Timber, se puso a llorar.
Mi alma se entristeció por ellos. Me dije: Basta de eso. Es solo un roedor acuático. Pero lo cierto es que me importaba… y a Dios también. Su amor alcanza los cielos y las criaturas más pequeñas, parte de la creación que nos llama a cuidar (Génesis 1:28). Él conserva «al hombre y al animal» (Salmo 36:5-6), proveyendo «a la bestia su mantenimiento» (147:9).
Un día, Micaela navegaba en una laguna cercana y… sorpresa, ¡ahí estaba Timber! Había encontrado una familia de castores y estaba ayudándola con sus dos crías. Emergió junto al kayak. Ella sonrió y dijo: «Luces bien. Tienes una familia hermosa». Él arrulló, chapoteó con la cola y nadó hacia su nueva mamá.
Me encantan los finales felices, ¡en especial los míos! Jesús prometió que su Padre suplirá todo lo que necesitemos, así como alimenta las aves (Mateo 6:25-26): «ni uno de [los pajarillos] cae a tierra sin vuestro Padre. […]. Así que, no temáis; más valéis vosotros que muchos pajarillos» (10:29-31). Mike Wittmer - Pan Diario

Pies hermosos

John Nash fue galardonado con el Premio Nobel en Economía en 1994, por su labor en matemáticas. Desde entonces, sus ecuaciones se han usado para entender las dinámicas de la competencia y la rivalidad en los negocios. Un libro y una película sobre su vida se refieren a él como «una mente hermosa»; no porque su cerebro tuviera algún atractivo estético particular, sino por lo que hizo.
El profeta Isaías usa la palabra hermosos para describir los pies; no por algún atributo físico visible, sino porque veía hermosura en lo que hacían: «¡Cuán hermosos son […] los pies del que trae alegres nuevas…!» (52:7). Después de 70 años de cautiverio en Babilonia por causa de la desobediencia a Dios, llegaron mensajeros con palabras alentadoras de que el pueblo regresaría pronto a casa porque «el Señor […] a Jerusalén [había] redimido» (v. 9).
La buena noticia no se atribuyó al poderío militar de los israelitas ni a ningún otro esfuerzo humano. Fue obra del «santo brazo» de Dios a favor de ellos (v. 10). Esto es verdad hoy también, al triunfar sobre nuestro enemigo espiritual por medio del sacrificio de Cristo por nosotros. Como respuesta, nos volvemos mensajeros de la buena noticia, proclamando la salvación a quienes nos rodean. Y lo hacemos con pies hermosos. Kirsten Holmberg - Pan Diario

Dispuesto a esperar

Esperar puede ser el culpable de robarnos la paz. Según el científico informático Ramesh Sitaraman, pocas cosas «generan frustración e ira» en los usuarios de internet como esperar que un buscador muy lento cargue información. Su investigación dice que estamos dispuestos a esperar un promedio de 2 segundos para que se descargue un video en línea. Después de 5 segundos, el 25% abandona; y después de 10 segundos, la mitad deja de intentarlo. Sin duda, ¡somos un puñado de impacientes!
Santiago insta a los creyentes en Jesús a no abandonarlo mientras esperaban su segunda venida. El retorno de Cristo los motivaría a permanecer firmes ante el sufrimiento y a amarse y honrarse unos a otros (Santiago 5:7-10). Para alentarlos a ser pacientes y no perder la paz ante la opresión hasta el regreso de Cristo, usa el ejemplo del labrador, que esperaba pacientemente «la lluvia temprana y la tardía» (v. 7) y que la tierra diera su valiosa cosecha. A veces, somos tentados a olvidar a Jesús mientras lo esperamos. Pero, durante la espera, «corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante» (Hebreos 12:2) y pongamos en práctica las cualidades y el proceder de Cristo (Colosenses 3:12). Aunque no sabemos cuándo volverá, esperémoslo pacientemente, sin importar cuánto tarde. Marvin Williams - Pan Diario

Lengua anclada al orar

Cuando operaron a mi hermanito, me preocupé. Mi madre me explicó que había nacido con «lengua anclada» (anquiloglosia) y que, sin ayuda, podría tener problemas para comer y hablar. En sentido figurado, lengua anclada es una forma de referirse a no saber qué decir o ser demasiado tímido para hablar.
A veces, podemos tener la lengua anclada al orar. Nuestra lengua se limita a clichés espirituales y frases repetidas. Lanzamos nuestras emociones al cielo, preguntándonos si llegarán a los oídos de Dios, y nuestros pensamientos zigzaguean por un sendero indefinido.
Al escribirles a los creyentes romanos, Pablo se refirió a qué hacer cuando luchamos por saber cómo orar, y nos invita a buscar la ayuda del Espíritu Santo: «el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles» (Romanos 8:26). Aquí, «ayuda» es transportar una carga pesada. Y «gemidos indecibles», la presencia intercesora del Espíritu que lleva nuestras necesidades a Dios. El Espíritu de Dios transforma nuestra confusión, dolor y distracción en la oración perfecta que va de nuestro corazón a los oídos de Dios. De este modo, tal vez recibamos una respuesta que no sabíamos que necesitábamos. Elisa Morgan - Pan Diario

Manos seguras

Como al desenredar una soga, los hilos de la vida de Doug Merkey se cortaban uno tras otro. «Mi madre había perdido su batalla contra el cáncer; un largo noviazgo estaba fracasando; mis finanzas disminuían; mi vocación era incierta […]. La oscuridad emocional y espiritual alrededor y dentro de mí era profunda, debilitante y aparentemente impenetrable», escribió el pastor y escultor. Esta combinación de eventos, sumada a vivir en un ático estrecho, se convirtió en el escenario de donde surgió su escultura The Hiding Place [El refugio]. Muestra las manos fuertes y con cicatrices de Cristo, juntas y abiertas en forma de copa, como un lugar seguro.
Doug lo explica así: «La escultura es la invitación de Cristo a refugiarse en Él». David escribió el Salmo 32 como alguien que encontró el supremo lugar seguro: Dios. Nos ofrece perdón de nuestros pecados (vv. 1-5) y nos alienta a orar en las dificultades (v. 6). El salmista declara su confianza en el Señor: «Tú eres mi refugio; me guardarás de la angustia; con cánticos de liberación me rodearás» (v. 7).
¿A quién acudes cuando tienes problemas? Qué bueno es saber que cuando las cuerdas frágiles de nuestra existencia terrenal comienzan a deshilacharse, podemos correr hacia la seguridad eterna de la obra redentora de Jesús. Arthur Jackson - Pan Diario