Al final

A menudo, me conceden el privilegio de liderar retiros espirituales. Dedicar unos días para orar y reflexionar puede ser muy enriquecedor. Durante el programa, a veces pido a los participantes que hagan un ejercicio: «Imaginen que su vida termina y publican el obituario en un periódico. ¿Qué les gustaría que dijera?». Como resultado, algunos cambian sus prioridades, apuntando a terminar bien su vida.
En 2 Timoteo 4, encontramos las últimas palabras del apóstol Pablo. Aunque tal vez tenía poco más de 60 años y había enfrentado antes la muerte, siente que su vida está por terminar (v. 6). Ya no habría más viajes misioneros ni cartas para sus iglesias. Al mirar atrás su vida, escribe: «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe» (v. 7). Aunque no había sido perfecto (1 Timoteo 1:15-16), evalúa su vida según su fidelidad a Dios y al evangelio.
Pensar en nuestros últimos días hace que tomemos conciencia de lo que importa ahora. Las palabras de Pablo pueden ser un buen modelo a seguir: pelear la buena batalla, completar la carrera, mantener la fe. Al final, lo que importará es si hemos permanecido fieles a Dios y sus caminos. Él nos proveerá lo necesario para vivir, pelear las batallas espirituales y terminar bien. Sheridan Voysey - Pan Diario

Algo profundo y vinculante


Dona un euro, haz clic en el botón amarillo. Dios te bendiga

Amina, una inmigrante iraquí, y José, norteamericano de nacimiento, asistieron a una protesta política en bandos opuestos. Se nos ha enseñado a creer que los que están separados por la etnia y la política se rechazan profundamente. Sin embargo, cuando una pequeña turba abordó a José, tratando de quemarle la camisa, Amina corrió a defenderlo. «Pienso que no podríamos haber estado más alejados como personas —dijo José a un reportero—; y aun así, fue una especie de acuerdo momentáneo de que “eso no está bien”». Algo más profundo los unía.
Aunque a veces disentimos unos con otros —diferencias sustanciales que a menudo no podemos ignorar—, hay realidades más profundas que nos unen. Todos somos creados por Dios y estamos vinculados en la familia humana. Dios nos creó a cada uno «a su imagen» (Génesis 1:27), independientemente del género, clase social, etnia o convicción política. Sea como sea, Dios se refleja en mí y en ti. Además, nos ha dado un propósito compartido de llenar la tierra y gobernarla con sabiduría y cuidado (v. 28).
Cuando olvidamos cómo estamos unidos en Dios, nos dañamos a nosotros mismos y a los demás. Pero al unirnos en su gracia y verdad, participamos de su deseo de que el mundo sea bueno y floreciente. Winn Collier - Pan Diario

El fruto vende al árbol

La dueña de un vivero decidió vender durazneros. Consideró diversas opciones. ¿Colocaría retoños llenos de hojas en sacos de arpillera en atractivos exhibidores? ¿Elaboraría un colorido catálogo mostrando durazneros en diferentes etapas de crecimiento? Finalmente, se dio cuenta de qué vende en realidad a un duraznero: los duraznos que produce; de olor dulce, anaranjado intenso y piel vellosa. La mejor manera de venderlo es arrancar un durazno maduro, abrirlo hasta que el jugo chorree por el brazo y convidarle un trozo a un cliente. Cuando prueben el fruto, querrán el árbol.
Dios se revela en una envoltura de fruto espiritual en sus seguidores: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe (fidelidad), mansedumbre y templanza (Gálatas 5:22-23). Cuando un creyente en Jesús exhibe este fruto, otros lo querrán también, y entonces, buscarán a la Fuente de ese fruto tan atractivo.
El fruto es el resultado externo de una relación interna: la obra del Espíritu Santo en nuestra vida. Es el aderezo que invita a otros a conocer al Dios que representamos. Como los duraznos brillantes que se destacan sobre las hojas de un árbol, el fruto del Espíritu anuncia a un mundo hambriento: «¡Aquí hay comida! ¡Aquí hay vida! ¡Vengan y conozcan a Dios!». Elisa Morgan - Pan Diario

Confortado en la casa de Simón

Mi viaje a la casa de Simón fue inolvidable. Bajo un cielo estrellado en Nyahururu, Kenia, fuimos a cenar a su modesto hogar. El piso de tierra y la luz de lámparas reflejaban los recursos limitados de Simón. Cuál fue el menú no lo recuerdo. Lo que no puedo olvidar fue la alegría de él de que fuéramos sus invitados. Su bondadosa hospitalidad era como la de Jesús: generosa, conmovedora y refrescante.
En 1 Corintios 16:15-18, Pablo mencionó a la familia de Estéfanas, que tenía reputación de ser hospitalaria: «ellos se han dedicado al servicio de los santos» (v. 15). Mientras que su servicio quizá incluía cosas tangibles (v. 17), el impacto fue tal que Pablo escribió: «confortaron mi espíritu y el vuestro» (v. 18). Cuando tenemos oportunidades de compartir con otros, está bien ocuparse de la comida, el entorno y otras cosas apropiadas para tales ocasiones. Pero, a veces, olvidamos que, aunque «el qué» y «el dónde» importan, no son lo más relevante. Las comidas memorables y los ambientes agradables son maravillosos, pero el alimento tiene sus limitaciones para nutrir y alentar plenamente. El verdadero refrigerio fluye de Dios e impacta directo al corazón, y sigue nutriendo mucho después de terminar de comer. Arthur Jackson - Pan Diario

Comida del cielo

En agosto de 2020, los residentes de Olten, Suiza, se sorprendieron al descubrir que ¡nevaba chocolate! Una falla en el sistema de ventilación de la fábrica local de chocolate había causado que partículas de este producto se esparcieran en el aire. Como resultado, una cubierta de copos de chocolate cubría los autos y las calles, e hizo que toda la ciudad oliera a una tienda de dulces.
Cuando pienso en comida deliciosa que cayó «mágicamente» del cielo, no puedo evitar recordar la provisión de Dios para el pueblo de Israel. Luego de su dramática huida de Egipto, el pueblo enfrentó importantes desafíos en el desierto; especialmente, la falta de comida y agua. Y Dios, en respuesta a su ruego, prometió hacer «llover pan del cielo» (Éxodo 16:4). A la mañana siguiente, un manto de copos delgados apareció sobre el suelo. Esta provisión diaria, conocida como maná, continuó durante 40 años.
Cuando Jesús vino y proveyó milagrosamente pan para una multitud, la gente empezó a creer que Él venía de Dios (Juan 6:5-14). Pero luego enseñó que Él era el «pan de vida» (v. 35), enviado para traer no solo alimento temporal sino vida eterna (v. 51). Para los que tenemos hambre de alimento espiritual, Jesús ofrece satisfacción de nuestros anhelos más profundos y vida para siempre con Dios. Lisa Samra - Pan Diario