Café de la puerta angosta

Toda clase de comidas deliciosas aguardan a los que entran en Narrow Door Cafe [Café de la puerta angosta], en la ciudad taiwanesa de Tainan. Es, literalmente, un agujero en la pared. La entrada mide apenas 40 centímetros de ancho; ¡lo suficiente para que una persona de tamaño promedio se deslice para pasar! Sin embargo, a pesar del desafío, ha atraído a multitudes.
¿Será esto cierto de la puerta angosta descrita en Lucas 13:22-30? Alguien le preguntó a Jesús: «¿son pocos los que se salvan?» (v. 23). Él respondió desafiando a esa persona a «[esforzarse] a entrar por la puerta angosta» al reino de Dios (v. 24). En esencia, preguntó: «¿Estarás entre los salvos?». Usó esta analogía para instar a los judíos a no ser presuntuosos. Muchos creían que serían incluidos en el reino de Dios porque eran descendientes de Abraham o cumplían con la ley.
Ni nuestro trasfondo familiar ni nuestras acciones pueden componer nuestra relación con Dios. Solo la fe en Jesús puede salvarnos del pecado y la muerte (Efesios 2:8-9; Tito 3:5-7). La puerta es angosta, pero está lo suficientemente abierta para todos los que ponen su fe en Cristo. Él nos invita hoy a aprovechar la oportunidad de entrar en su familia por la puerta angosta. Poh Fang Chia - Pan Diario

Un cambio de perspectiva

León Tolstói escribió sobre su visión del campo de batalla desde una colina cuando era oficial de la artillería rusa en 1854: «Es una especie curiosa de placer ver personas matándose unas a otras. […] pasaba horas mirando». Pero su perspectiva cambió al presenciar la devastación en Sebastopol, y escribió: «Entiendes en un instante —y muy a diferencia de antes— el significado del sonido de los disparos en la ciudad».
Una vez, el profeta Jonás subió a una colina para ver la devastación de Nínive (Jonás 4:5). Acaba de advertirles sobre el inminente juicio de Dios. Nínive se arrepintió. No obstante, reincidió en la maldad, y un siglo después, Nahum describió su destrucción: «Rojos son los escudos de los guerreros. […]. Sus carros de guerra brillan como antorchas. Llegó el día del ataque, y ya agitan las lanzas» (Nahum 2:3 RVC).
Dios castigó a Nínive por su pecado persistente. Pero le había dicho a Jonás: «¿Y no tendré yo piedad de Nínive, aquella gran ciudad donde hay más de ciento veinte mil personas que no saben discernir entre su mano derecha y su mano izquierda?» (Jonás 4:11).
La justicia y el amor de Dios van de la mano. Nahum muestra las consecuencias del mal. Jonás revela la compasión de Dios. El deseo de su corazón es que nos arrepintamos y seamos compasivos. Tim Gustafson - Pan Diario

Aumenta la temperatura

La temperatura donde vivimos puede cambiar abruptamente; a veces, en minutos. Por eso, mi esposo Dan tenía curiosidad por saber las diferencias de temperatura dentro y fuera de casa. Fanático de los dispositivos, desempacó su último «juguete»: un termómetro que detectaba la temperatura en cuatro «zonas» de nuestra casa. Burlándome de su dispositivo «tonto», me sorprendió ver que yo también verificaba las diferencias. ¡Era fascinante!
Jesús usó la temperatura para describir a la «tibia» iglesia de Laodicea, una de las siete mencionadas en Apocalipsis. Aunque era un bullicioso centro financiero, textil y médico, la ciudad sufría un pobre suministro de agua y necesitaba un acueducto para llevar agua desde una fuente termal. Pero, cuando el agua llegaba a Laodicea, no era ni fría ni caliente.
La iglesia también era tibia. Jesús dijo: «Yo conozco tus obras, que ni eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueses frío o caliente! Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca» (Apocalipsis 3:15-16). Y explicó: «Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete» (v. 19).
El ruego de nuestro Salvador continúa vigente. ¿No eres ni caliente ni frío espiritualmente? Acepta su disciplina y pídele que te ayude a vivir con una fe ardiente. Patricia Raybon - Pan Diario

Huir

La lección de introducción al aikido, una forma de artes marciales tradicional japonesa, me abrió los ojos. El sensei, el maestro, nos dijo que, cuando enfrentáramos a un atacante, nuestra primera reacción debería ser «huir». «Solo si no puedes huir, pelea», señaló con seriedad.
¿Huir? Quedé desconcertado. ¿Por qué este experto instructor de defensa personal nos decía que huyéramos de una pelea? Parecía contradictorio… hasta que explicó que la mejor forma de autodefensa es, en primer lugar, evitar pelear. ¡Por supuesto!
Cuando varios hombres fueron a arrestar a Jesús, Pedro reaccionó como algunos lo habríamos hecho: desenvainando su espada y atacando a uno de ellos (Mateo 26:51; Juan 18:10). Pero Jesús le indicó que la guardara, diciendo: «¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?» (Mateo 26:54).
Si bien es importante tener sentido de la justicia, también lo es entender el propósito de Dios y de su reino, que nos llama a amar a nuestros enemigos y a devolver bien por mal (5:44). Es exactamente lo inverso a cómo reaccionaría el mundo, pero lo que Dios busca incorporar en nosotros. Lucas 22:51 describe incluso que Jesús curó la oreja del hombre al que Pedro había atacado. Que aprendamos a responder como Él lo hizo, buscando la paz. Leslie Koh - Pan Diario

Dar generosamente

El general Charles Gordon sirvió a la reina Victoria en China y otras partes, pero cuando vivía en Inglaterra, donaba el 90% de sus ingresos. Cuando oyó sobre una hambruna en Lancashire, borró la inscripción de una medalla de oro puro que había recibido de un líder mundial y la envió allí, diciendo que la fundieran y usaran el dinero para comprar pan para los pobres. Ese día, escribió en su diario: «La última cosa que tenía en este mundo y que valoraba la he dado al Señor Jesús».
Parecería ser que el nivel de generosidad de Gordon supera lo que somos capaces de extender a otros, pero Dios siempre ha llamado a su pueblo a ocuparse de los necesitados. En algunas de las leyes que entregó por medio de Moisés, instruyó a no cosechar los rincones de sus campos ni recoger todos los granos. En cambio, cuando cosechaban una viña, les dijo que dejaran «para el pobre y para el extranjero» las uvas que habían caído (Levítico 19:10). Dios quería que tomaran conciencia de aquellas personas vulnerables que estaban en su medio y suplieran sus necesidades. Por más generosos que nos sintamos, podemos pedirle a Dios que aumente nuestro deseo de dar, y buscar su sabiduría para encontrar formas creativas de hacerlo. A Él le encanta ayudarnos a mostrar su amor a los demás. Amy Pye - Pan Diario