Dios del huerto

Hace muchos años, Joni Mitchell escribió una canción llamada «Woodstock», en la cual veía a la raza humana atrapada en una «negociación» con el diablo. Instó a sus oyentes a buscar una existencia más simple y pacífica, y cantó sobre el regreso «al huerto».
El «huerto» poético al que se refiere es el Edén, por supuesto. El Edén era el paraíso que Dios creó para nosotros en el principio. Allí, Adán y Eva se encontraban con Él a diario… hasta que negociaron con el diablo (ver Génesis 3:6-7). Ese día fue diferente. «Y oyeron la voz del Señor Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia del Señor Dios entre los árboles del huerto» (v. 8). Cuando Dios les preguntó qué habían hecho, Adán y Eva empezaron a echarse la culpa el uno al otro. A pesar de que negaron lo que habían hecho, Dios no los dejó ahí. Les hizo «túnicas de pieles, y los vistió» (v. 21); un sacrificio que aludía a la muerte que Jesús soportaría para cubrir nuestros pecados.
Dios no nos dio un camino de regreso al Edén. Nos dio un camino para avanzar a una relación restaurada con Él. No podemos volver al huerto, pero podemos volver al Dios del huerto. Tim Gustafson - Pan Diario

Viajar livianos

Santiago realizó un audaz viaje de 2.000 kilómetros por la costa oeste de Estados Unidos en bicicleta. Un amigo mío se encontró con el ambicioso ciclista a unos 1.500 kilómetros de donde había empezado. Como se enteró de que le habían robado el equipo de campamento, le ofreció su manta y un suéter, pero Santiago no lo quiso. Dijo que, a medida que iba avanzando hacia el sur y a un clima más templado, tenía que empezar a deshacerse de cosas. Y cuanto más se acercaba a su destino, más cansado estaba, así que tenía que reducir el peso que llevaba.
La idea de Santiago refleja lo que el escritor de Hebreos nos insta a hacer. A medida que continuamos nuestro viaje en la vida, tenemos que despojarnos «de todo peso y del pecado que nos asedia» (12:1). Para seguir adelante, debemos viajar con poco equipaje.
Como creyentes en Jesús, esta carrera requiere «perseverancia» (v. 1). Y una de las maneras de garantizar que sigamos avanzando es librarnos del peso de la falta de perdón, la mezquindad y otros pecados.
Sin la ayuda de Jesús, no podemos viajar livianos y correr bien la carrera. Que podamos mirar al «autor y consumador de la fe», para que nuestro «ánimo no se canse hasta desmayar» (vv. 2-3). Katara Patton - Pan Diario

Dios sabe


Dona un euro, haz clic en el botón amarillo. Dios te bendiga

Una pareja se detuvo a mirar una pintura abstracta y observó latas de pintura abiertas y pinceles debajo del cuadro. Suponiendo que era un «proyecto en curso» que cualquiera podía ayudar a crear, agregaron algo de color y se fueron. Pero el pintor había dejado a propósito algunos suministros como parte de la exhibición final de la obra. Después de revisar la grabación del incidente, la galería no presentó cargos.
Los israelitas que vivían al este del Jordán generaron un malentendido cuando edificaron un gran altar junto al río. Las tribus del occidente lo consideraron una rebelión contra Dios; todos sabían que el tabernáculo era el único lugar aprobado por Él para adorar (Josué 22:16).
Las tensiones aumentaron hasta que las tribus del este explicaron que era solo una réplica del altar de Dios para que sus descendientes recordaran la unidad de Israel. Exclamaron: «el Señor Dios de los dioses, él sabe» (v. 22). Felizmente, los demás escucharon. Como Dios «escudriña los corazones de todos, y entiende todo intento de los pensamientos» (1 Crónicas 28:9), las motivaciones de todos son claras para Él. Si le pedimos que nos ayude, tal vez nos dé la oportunidad de explicar nuestro proceder o la gracia para perdonar. Podemos acudir a Él cuando nos esforzamos por la unidad con los demás. Jennifer Schuldt - Pan Diario

Llamados a crecer

La ascidia es una criatura marítima extraña. Pegada a rocas y valvas, parece un tubo de plástico blando que se agita con la corriente. Vive una vida pasiva, alejada de su juventud activa.
Nace como un renacuajo con una espina dorsal y un cerebro primitivo que le permite encontrar comida y evitar daños. Pasa los días explorando el océano, pero algo sucede cuando alcanza la adultez. Se instala en su roca y deja de explorar y crecer. En un giro macabro, digiere su propio cerebro. Sin espina ni pensamientos, fluye pasivamente con la corriente.
El apóstol Pedro nos anima a no seguir el destino de la ascidia. En nuestro caso, la madurez significa participar de la naturaleza divina (2 Pedro 1:4), por eso, somos llamados a crecer en nuestro conocimiento de Cristo (3:18); espiritualmente, en rasgos como bondad, perseverancia y dominio propio (1:5-7); y en la práctica, al explorar nuevas maneras de amar y servir a otros (1 Pedro 4:7-11). Según Pedro, este crecimiento «no [nos dejará] estar ociosos ni sin fruto» (2 Pedro 1:8). Este llamado a crecer es tan vital para el anciano como para el adolescente. La naturaleza de Dios es tan vasta como el océano. Explora su carácter infinito, emprende nuevas aventuras espirituales. Estudia, sirve, toma riesgos. Crece. Sheridan Voysey - Pan Diario

Vive como si te hubieras curado

Dos hermanas de la India nacieron ciegas. Su padre era muy trabajador, pero jamás podría costear la cirugía que podía sanarlas. Un día, en una misión médica, un equipo de médicos llegó a la región. La mañana después de la cirugía, las niñas estaban felices mientras la enfermera les sacaba las vendas. Una exclamó: «¡Madre, puedo ver! ¡Puedo ver!».
Un hombre que había sido cojo de nacimiento estaba sentado junto a la puerta del templo, mendigando dinero. Pedro le dijo que no tenía monedas, pero que tenía algo mejor. Le dijo: «En el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda» (Hechos 3:6). El hombre «saltando, se puso en pie y anduvo; y entró […] andando, y saltando, y alabando a Dios» (v. 8).
Las hermanas y el hombre apreciaban sus ojos y sus piernas más que aquellos que nunca fueron ciegos o cojos. Las niñas no podían dejar de pestañear asombradas y agradecidas, y el hombre no paraba de saltar.
Considera tus propias capacidades naturales. ¿Cómo podrías disfrutar más de estas cosas si hubieras recibido una sanidad milagrosa? Ahora, considera lo siguiente: Si crees en Jesús, Él te sanó espiritualmente; te rescató de tus pecados.
Demos gracias a Aquel que nos hizo y nos salvó, y dediquémosle todo lo que nos dio. Mike Wittmer - Pan Diario