Motivado a orar

Una vez, una colega y amiga me dijo que su vida de oración había mejorado por causa de nuestro gerente. Quedé impresionada, pensando que nuestro complicado líder le había dado algunas pautas espirituales que influyeron en su manera de orar. Pero me equivoqué… en cierto modo. Me explicó: «Cada vez que lo veo venir, empiezo a orar». Su tiempo de oración había mejorado porque oraba más antes de conversar con él. Sabía que necesitaba la ayuda de Dios cuando trataba con el gerente, y clamaba más a Él por eso.
Su práctica de orar durante momentos e interacciones difíciles es algo que he adoptado. Es también una práctica bíblica que se encuentra en 1 Tesalonicenses, cuando Pablo les recuerda a los creyentes en Jesús: «Orad sin cesar. Dad gracias en todo» (5:17-18). Independientemente de lo que enfrentemos, la oración es siempre la mejor práctica. Nos mantiene conectados con Dios e invita al Espíritu a guiarnos (Gálatas 5:16), en lugar de que dependamos de nuestras inclinaciones humanas. Esto nos ayuda a «[vivir] en paz unos con otros» (1 Tesalonicenses 5:13 NVI) aunque enfrentemos conflictos. Con la ayuda de Dios, podemos regocijarnos en Él, orar por todo y dar gracias a menudo. Esto nos ayudará a vivir con más armonía en la familia de Dios. Katara Patton - Pan Diario

En las manos amorosas de Dios

Después de otro problema de salud, le temía a lo desconocido e incontrolable. Un día, en un artículo de la revista Forbes, me enteré de que los científicos estudiaron el aumento de la «velocidad de rotación de la tierra» y afirmaron que el planeta «se tambaleaba» y «giraba más rápido»; que esto «podría requerir […] la reducción oficial de un segundo del tiempo global». Aunque un segundo no parece una gran pérdida, saber eso me afectó mucho. Aun la más mínima inestabilidad puede hacer que mi fe tambalee. Sin embargo, saber que Dios tiene el control me ayuda a confiar en Él por más aterradoras y tambaleantes que parezcan nuestras circunstancias.
En el Salmo 90, Moisés dijo: «Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios» (v. 2). Al reconocer el poder, el control y la autoridad de Dios sobre toda la creación, declaró que el tiempo no puede detenerlo (vv. 3-6). A medida que busquemos saber más de Dios y del maravilloso mundo que hizo, descubriremos cómo sigue administrando perfectamente el tiempo y todo lo que creó. Dios también es digno de confianza para todo lo desconocido y recientemente descubierto en nuestra vida. Toda la creación permanece segura en sus manos de amor. Xochitl Dixon - Pan Diario

Crecer en Jesús

De niña, veía a los adultos como sabios e infalibles. Siempre saben qué hacer —pensaba—. Cuando crezca, también sabré siempre qué hacer. Ese «cuando crezca» llegó hace mucho, y lo que me enseñó es que, muchas veces, aún no sé qué hacer. Enfermedades de familiares, problemas laborales o conflictos interpersonales han arrebatado toda ilusión de control y fortaleza personal, dejándome una sola opción: cerrar los ojos y susurrar: «Señor, ayúdame. No sé qué hacer».
Pablo entendía este sentimiento. El «aguijón» en su vida le causaba mucha frustración y dolor. Pero fue por ese aguijón que experimentó que el amor, las promesas y las bendiciones de Dios le bastaban para enfrentar y superar sus dificultades (2 Corintios 12:9). Aprendió que la debilidad no es derrota. Al entregarlas confiado a Dios, se volvió una herramienta para que Él obrara en y a través de esas circunstancias (vv. 9-10).
Ser adulto no significa que lo sepamos todo. Sin duda, la edad nos hace más sabios, pero en definitiva, nuestras debilidades suelen revelar lo incapaces que somos. Nuestro verdadero poder está en Cristo: «porque cuando soy débil, entonces soy fuerte» (v. 10). La verdadera «adultez» significa conocer el poder que da saber que necesitamos la ayuda de Dios, confiar en eso y obedecer. Karen Huang - Pan Diario

Amar como Jesús

Todos lo amaban. Estas palabras se usaron para describir a Giuseppe Berardelli, de Casnigo, Italia. Giuseppe era un querido hombre que recorría el pueblo en una vieja motocicleta y siempre saludaba diciendo: «paz y bondad». Trabajó incansablemente por el bien de los demás. Pero en los últimos años de su vida, su salud empeoró cuando contrajo coronavirus. La reacción de la comunidad fue comprarle un respirador. Sin embargo, cuando su condición se agravó, quiso que usaran el equipo para un paciente más joven que lo necesitaba. Oír esto no sorprendió a nadie, ya que era simplemente característico de un hombre que era amado y admirado por amar a otros.
Amado para amar; este es el mensaje que el apóstol Juan mantiene resonando en su Evangelio. Ser amado y amar a otros es como la campana de una iglesia que suena día y noche, sin importar el clima. Y en Juan 15, alcanza su clímax cuando Juan deja claro que el mayor amor no es ser amado sino amar a todos: «que uno ponga su vida por sus amigos» (v. 13).
Los ejemplos humanos de un amor abnegado siempre nos inspiran. Sin embargo, estos palidecen en comparación con el gran amor de Dios. Pero no perdamos el desafío que plantean, porque Jesús ordenó: «Que os améis unos a otros, como yo os he amado» (v. 12). Sí, amemos a todos. John Blase - Pan Diario

Ventaja de la humildad

Como muchos maestros, Carolina dedica muchísimas horas para calificar tareas y comunicarse con alumnos y padres hasta altas horas de la noche. Para sentirse apoyada, busca la camaradería y ayuda de sus colegas. Su desafiante tarea se hace más fácil con la colaboración. Un estudio reciente sobre educadores descubrió que la colaboración se incrementa cuando los que trabajan muestran humildad. Cuando los colegas están dispuestos a admitir sus debilidades, los demás sienten la tranquilidad de compartir sus conocimientos y ayudar eficazmente a todo el grupo.
La Biblia enseña la importancia de la humildad, más allá de favorecer la colaboración. Tomar conciencia de quiénes somos en comparación con la belleza, el poder y la majestad de Dios, trae como resultado «riquezas, honra y vida» (Proverbios 22:4). La humildad nos lleva a vivir en comunidad de una manera fructífera para la economía divina, no solo para la del mundo, porque buscamos beneficiar a los que son como nosotros.
No tememos a Dios para obtener estos beneficios (lo que no sería humildad en absoluto), sino para imitar a Jesús, que «se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo» (Filipenses 2:7). Así, podemos ser parte de un cuerpo que coopera humildemente para hacer la obra de Dios, honrarlo y llevar el mensaje de vida al mundo. Kirsten Holmberg - Pan Diario