Es mejor juntos

Søren Solkær pasó años fotografiando estorninos y su impactante espectáculo: las murmuraciones, donde cientos de miles de estas aves se mueven con fluidez por el cielo. Observar esta maravilla es como sentarse bajo una ola ondulante y orquestada o una pincelada oscura con un caleidoscopio de formas. En Dinamarca, a esta experiencia asombrosa la llaman Sol negro (como el libro de Solkær). Lo más notorio es cómo los estorninos siguen instintivamente a sus compañeros más próximos, volando tan cerca que, si uno aleteara mal, sería calamitoso. Sin embargo, usan murmuraciones para protegerse entre sí. Cuando aparece un halcón, estrechan la formación y se mueven de forma colectiva, haciendo retroceder al predador que los atraparía fácilmente si estuvieran solos. 
Estamos mejor juntos que solos. Como dice Eclesiastés: «Mejores son dos que uno […]. Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero […]. También si dos durmieren juntos, se calentarán mutuamente» (4:9-11). Aislados somos presa fácil. Estamos expuestos, sin apoyo ni protección de otros. Pero con compañía, damos y recibimos ayuda. Eclesiastés agrega: «Y si alguno prevaleciere contra uno, dos le resistirán; y cordón de tres dobleces no se rompe pronto» (v. 12). Estamos mejor juntos bajo la guía de Dios. Winn Collier - Pan Diario

Recibir bien al extranjero

En Todo lo triste es mentira, Daniel Nayeri describe su horrorosa huida de la persecución con su madre y su hermana, pasando por un campamento de refugiados y llegando a un lugar seguro en los Estados Unidos. Una pareja de ancianos accedió a apoyarlos, aunque no los conocían. Años después, Daniel aún no puede entenderlo. Escribe: «¿Puedes creerlo? Totalmente a ciegas, lo hicieron. Y si hubiéramos resultado ser villanos, habrían sufrido las consecuencias. Es casi lo más valiente, amable e insensato que se puede ser».
Sin embargo, Dios quiere que tengamos ese nivel de interés por los demás. Le dijo a Israel que fuera amable con los extranjeros: «lo amarás como a ti mismo; porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto» (Levítico 19:34). Y a los gentiles creyentes en Jesús les recuerda que estaban «sin Cristo, […] ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo» (Efesios 2:12). Por eso, nos manda a todos, antiguamente extranjeros, a «no [olvidarnos] de la hospitalidad» (Hebreos 13:2). Ahora, ya con una familia propia, Daniel elogia a Jim y Jean Dawson, «quienes fueron tan cristianos que permitieron que una familia de refugiados viviera con ellos hasta que encontraran un hogar». Dios nos insta a recibir bien a los extranjeros. Mike Wittmer - Pan Diario

Caminar con los zapatos de Jesús

¿Cómo sería caminar con los zapatos de la realeza? Angela Kelly, hija de un estibador y una enfermera, lo sabe. Fue la encargada de vestir a la reina Isabel II durante las últimas dos décadas de su vida. Una de sus responsabilidades era caminar con los zapatos nuevos de la reina, para ablandarlos. Había una razón para hacerlo: la compasión por una anciana que, a veces, debía estar parada durante mucho tiempo en las ceremonias. Como tenían la misma talla de zapatos, Kelly podía ahorrarle algunas molestias.
El toque personal de Kelly al cuidar a la reina me recuerda el cálido aliento de Pablo a la iglesia en Colosas: «Vestíos […] de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia» (Colosenses 3:12). Cuando nuestra vida está sobreedificada en Jesús (2:7), nos volvemos «escogidos de Dios, santos y amados» (3:12). Él nos ayuda a despojarnos del «viejo hombre» y revestirnos «del nuevo» (vv. 9-10), con la identidad de aquellos que aman y perdonan a los demás porque Dios nos ha amado y perdonado a nosotros (vv. 13-14). Estamos rodeados de personas que necesitan que «caminemos con sus zapatos» y nos apiademos de ellas en los desafíos de la vida. Es como caminar con «las sandalias» de la misericordia de Jesús. James Banks - Pan Diario

Las puertas abiertas de Dios

En mi nueva escuela, cerca de una ciudad grande, la consejera me miró y me ubicó en la clase de composición de menor nivel. Yo venía de una escuela de un barrio pobre, pero con calificaciones excelentes e incluso un premio del director por mis escritos. Sin embargo, la puerta a la «mejor» clase de redacción se me cerró cuando la consejera decidió que yo no era apta.
La pequeña y humilde iglesia en la antigua Filadelfia habría entendido semejante arbitrariedad. Además de los daños producidos por un terremoto, enfrentaba oposición satánica (Apocalipsis 3:9). Una iglesia tan despreciada tenía «poca fuerza», pero Jesús dijo de ella: «has guardado mi palabra, y no has negado mi nombre»; y por eso, Dios puso ante ella una «puerta abierta, la cual nadie puede cerrar» (v. 8). Sin duda, Él es «el que abre y nadie puede cerrar, y cierra y nadie puede abrir» (v. 7 RVC). Esto también es cierto para nuestros esfuerzos en el ministerio. Algunas puertas no se abren. Sin embargo, al escribir para Dios, Él me ha abierto puertas que me permiten llegar a una audiencia global, a pesar de aquella consejera discriminadora. Las puertas cerradas no serán un obstáculo. Jesús dijo: «Yo soy la puerta» (Juan 10:9). Entremos y sigámoslo. Patricia Raybon - Pan Diario

Los sabios propósitos de Dios

El Reino Unido rebosa de historia. Dondequiera que uno va, hay placas que honran a figuras históricas y sitios que conmemoran eventos importantes. Pero uno de esos carteles da muestra del gracioso sentido del humor británico: una placa desgastada en una posada en Sandwich, Inglaterra, dice: «En este lugar, el 5 de septiembre de 1782, no pasó nada».
A veces, parece que no pasa nada con nuestras oraciones. Oramos y oramos, presentando nuestras peticiones ante nuestro Padre, esperando que responda… ya mismo. David expresó esta frustración cuando oró: «¿Hasta cuándo, Señor? ¿Me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí?» (Salmo 13:1). Podemos fácilmente hacernos eco de estos mismos pensamientos: Señor, ¿cuánto falta para que me respondas?
Sin embargo, nuestro Dios no solo es perfecto en su sabiduría, sino también en su tiempo. David pudo decir: «Mas yo en tu misericordia he confiado; mi corazón se alegrará en tu salvación» (v. 5). Eclesiastés 3:11 nos recuerda: Dios «todo lo hizo hermoso en su tiempo». La palabra hermoso significa «apropiado» o «fuente de deleite». Dios quizá no siempre responda cuando nosotros quisiéramos, pero sí lo hace conforme a sus sabios propósitos. Alegrémonos de que, cuando lo haga, será correcto, bueno y hermoso. Bill Crowder - Pan Diario