Amar a las naciones

Como hija de dos padres amorosos y muy trabajadores de Sur y Centroamérica, doy gracias de que tuvieron el coraje de mudarse a Estados Unidos para tener mejores oportunidades. Ya siendo adultos jóvenes, se conocieron en Nueva York, se casaron, nos tuvieron a mi hermana y a mí, y continuaron con sus respectivos negocios. 
Crecí abrazando mi herencia hispana y me ha fascinado estar con gente de diversos trasfondos. Una vez, compartí de mi fe en una iglesia multicultural que se reúne en un exteatro de Broadway. Hablar del amor de Dios a un grupo así es solo un atisbo de lo que será el cielo cuando personas de diferentes naciones se reúnan en la presencia de su Salvador.
En Apocalipsis, el apóstol Juan presenta esta imagen asombrosa del cielo: «miré, y he aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero» (7:9). Dios recibirá «la bendición y la gloria […] por los siglos de los siglos», porque Él es digno (v. 12).
Aunque ahora es solo un destello, un día, los que creemos en Jesús seremos reunidos con Él y con personas de diferentes países, culturas e idiomas. Puesto que Dios ama a las naciones, amemos también nosotros a nuestra familia global en Cristo. Nancy Gavilanes - Pan Diario

Tiempo bien aprovechado

El 14 de marzo de 2019, la NASA envió a la astronauta Christina Koch a la Estación Espacial Internacional. Koch no volvería a la tierra durante 328 días, lo que le otorgaría el récord femenino de mayor tiempo de vuelo en el espacio. Tenía miles de tareas diarias que cumplir y, hora tras hora, una línea roja se movía en la pantalla, mostrando constantemente si cumplía con lo programado. No había un instante que perder.
Si bien no recomendó nada tan intrusivo como una línea roja que gobierne nuestra vida, Pablo sí nos alentó a usar con cuidado nuestro tiempo precioso y limitado: «Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos» (Efesios 5:15-16). La sabiduría de Dios nos instruye a llenar nuestros días con voluntad y cuidado, poniendo en práctica la obediencia a Él, el amor a nuestro prójimo y la participación en la obra redentora de Jesús en el mundo. Lamentablemente, es posible que ignoremos dicha instrucción y que, en cambio, desperdiciemos nuestro tiempo de manera insensata (v. 17) en busca de logros egoístas y destructivos.
La idea no es que nos mortifiquemos en cuanto al tiempo, sino que simplemente obedezcamos y confiemos en Dios. Él nos ayudará a aprovechar al máximo nuestros días. Winn Collier - Pan Diario

La gran división

En el clásico cómic Peanuts, el amigo de Linus lo reprende por creer en la Gran Calabaza. Alejándose decaído, Linus dice: «Hay tres cosas que he aprendido a no discutir nunca con la gente: religión, política y la Gran Calabaza».
La Gran Calabaza existía solo en la mente de Linus, pero los otros dos temas son tan reales… dividen naciones, familias y amigos. Lo mismo sucedía en la época de Jesús. Los fariseos eran profundamente religiosos y trataban de seguir el Antiguo Testamento. Los herodianos eran más políticos, pero ambos grupos querían ver al pueblo judío libre de la opresión romana. Jesús no compartía sus objetivos. Por eso, le hicieron una pregunta políticamente cargada: ¿debía la gente pagar impuestos a César (Marcos 12:14-15)? Si decía que sí, el pueblo se resentiría con Él. Si decía que no, los romanos podían arrestarlo por sedición.
Jesús pidió una moneda y preguntó: «¿De quién es esta imagen?» (v. 16). Todos sabían que era de César. Las palabras de Jesús resuenan hoy: «Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios» (v. 17). Con sus prioridades en orden, evadió la trampa. Jesús vino a hacer la voluntad del Padre. Con su guía, nosotros también podemos buscar a Dios y su reino por sobre todo, quitando el foco de toda disensión y mirando a Aquel que es la verdad. Tim Gustafson - Pan Diario

Liberarse de la carga

Durante un semestre, en la universidad, estudié los escritos de Shakespeare. El manual gigante que los contenía, requerido por el curso, pesaba varios kilos, y tenía que acarrearlo durante horas, lo cual me afectó la espalda y, finalmente, ¡rompió un pasador de mi mochila!
Algunas cosas son simplemente muy pesadas para que las transportemos. Por ejemplo, la carga emocional de heridas del pasado puede agobiarnos con amargura y odio. Pero Dios quiere que tengamos libertad al perdonar a las personas y, cuando sea posible, nos reconciliemos con ellas (Colosenses 3:13). Cuanto más profundo es el dolor, más tiempo puede llevar. Está bien. A Esaú le llevó muchos años perdonar a Jacob por robarle su primogenitura y su bendición (Génesis 27:36). Cuando ambos finalmente se volvieron a ver, Esaú bondadosamente perdonó a su hermano e incluso «le abrazó» (33:4). No cruzaron ni una palabra antes de romper en llanto. Con el tiempo, Esaú dejó ir el enojo que lo había hecho considerar el asesinato (27:41). Y en los años que habían pasado, Jacob pudo ver la magnitud del daño hecho a su hermano, y fue humilde y respetuoso en el reencuentro (33:8-11).
Llegaron a un punto en que ninguno requirió nada del otro (vv. 9, 15). Bastó con perdonar y ser perdonado, y liberarse de la carga del pasado. Jennifer Schuldt - Pan Diario

Jesús: el verdadero pacificador

El 30 de diciembre de 1862 se desató la Guerra Civil Estadounidense. Las tropas de la Unión y de los Confederados acamparon a unos 650 metros de distancia a ambos lados del río Stones, en Tennessee. Mientras se calentaban junto a fogatas, los soldados de la Unión tomaron sus flautas y armónicas, y comenzaron a tocar Yankee Doodle. En respuesta, los Confederados tocaron Dixie. Lo maravilloso fue que todos se unieron para un final, tocando juntos Home, Sweet Home. Sin embargo, la tregua melódica duró poco. Por la mañana, dejaron sus instrumentos y tomaron sus armas, y 24.645 soldados murieron.
Nuestros esfuerzos humanos por traer paz fracasan inevitablemente. Las hostilidades cesan en un lugar, solo para encenderse en otro. Las Escrituras nos dicen que Dios es el único pacificador confiable. Jesús dijo claramente: «en mí [tienen] paz» (Juan 16:33). Tenemos paz en Jesús. Si bien participamos en su misión de paz, es la reconciliación divina la que hace posible la paz real. Cristo nos dice que no podemos evitar los conflictos —«En el mundo tendréis aflicción»—, pero que confiemos porque Él «[ha] vencido al mundo» (v. 33). Aunque nuestros esfuerzos suelen ser inútiles, nuestro Dios amoroso (v. 27) trae paz a este mundo dividido. Winn Collier - Pan Diario