El tiempo de Dios

Marga esperaba ansiosa su planeado viaje a otro país, pero, como era su práctica habitual, primero oró. «Son solo unas vacaciones —dijo una amiga—, ¿por qué tienes que consultarle a Dios?». Sin embargo, Marga creía en entregarle todo a Él. Esta vez, sintió que Dios la impulsaba a cancelar el viaje. Lo hizo, y después, cuando tendría que haber estado allí, estalló una pandemia. «Siento que Dios me estaba protegiendo», señala.
Noé y su familia también dependieron de la protección de Dios mientras esperaron en el arca durante casi dos meses cuando terminó el diluvio. Tras estar encerrados más de diez, estarían ansiosos por salir. Después de todo, «las aguas se secaron sobre la tierra; y […] la faz de la tierra estaba seca» (Génesis 8:13). Pero Noé no dependía solamente de lo que se veía, sino que salió cuando Dios le dijo (vv. 15-19). Confiaba en que Él tenía una buena razón para la larga espera; quizá la tierra todavía no estaba completamente segura. Cuando oramos por las decisiones en nuestra vida, usando las facultades que Dios nos ha dado y esperando su guía, podemos confiar en su tiempo, ya que sabemos que nuestro Creador sabio sabe qué es lo mejor para nosotros. Como declaró el salmista: «Mas yo en ti confío, oh Señor; […] En tu mano están mis tiempos» (Salmo 31:14-15). Leslie Koh - Pan Diario

Asunto de otros

Cuatro de nuestros nietos estaban jugando con un tren en miniatura, y los dos menores discutían por una locomotora. Cuando el de ocho años empezó a intervenir, su hermana de seis dijo: «No te preocupes por los asuntos de ellos». Palabras sabias para todos… pero, cuando la discusión pasó a las lágrimas, la abuela apareció, los separó y consoló a los peleadores.
Es bueno mantenerse ajenos a los asuntos de otros cuando, al intervenir, podemos empeorar las cosas. Pero, a veces, es necesario orar e involucrarnos. En su carta a los filipenses, el apóstol Pablo da un ejemplo de cuándo hacerlo. Insta a dos mujeres, Evodia y Síntique, a «que sean de un mismo sentir en el Señor» (4:2). Al parecer, su desacuerdo se había vuelto tan intenso que el apóstol se sintió impulsado a intervenir (v. 3), aunque estaba preso (1:7).
Pablo sabía que ese desacuerdo estaba provocando desunión y quitando el foco del evangelio. Por eso, dijo amablemente la verdad, mientras les recordaba que sus nombres estaban escritos «en el libro de la vida» (4:3). Quería que ellas y todos en la iglesia vivieran, en pensamientos y acciones, como pueblo de Dios (vv. 4-9). Cuando no estés seguro de si debes intervenir, ora, confiando en que «el Dios de paz estará con ustedes» (v. 9 rvc; ver v. 7). Alyson Kieda - Pan Diario

Amar a las naciones

Como hija de dos padres amorosos y muy trabajadores de Sur y Centroamérica, doy gracias de que tuvieron el coraje de mudarse a Estados Unidos para tener mejores oportunidades. Ya siendo adultos jóvenes, se conocieron en Nueva York, se casaron, nos tuvieron a mi hermana y a mí, y continuaron con sus respectivos negocios. 
Crecí abrazando mi herencia hispana y me ha fascinado estar con gente de diversos trasfondos. Una vez, compartí de mi fe en una iglesia multicultural que se reúne en un exteatro de Broadway. Hablar del amor de Dios a un grupo así es solo un atisbo de lo que será el cielo cuando personas de diferentes naciones se reúnan en la presencia de su Salvador.
En Apocalipsis, el apóstol Juan presenta esta imagen asombrosa del cielo: «miré, y he aquí una gran multitud, la cual nadie podía contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas, que estaban delante del trono y en la presencia del Cordero» (7:9). Dios recibirá «la bendición y la gloria […] por los siglos de los siglos», porque Él es digno (v. 12).
Aunque ahora es solo un destello, un día, los que creemos en Jesús seremos reunidos con Él y con personas de diferentes países, culturas e idiomas. Puesto que Dios ama a las naciones, amemos también nosotros a nuestra familia global en Cristo. Nancy Gavilanes - Pan Diario

Tiempo bien aprovechado

El 14 de marzo de 2019, la NASA envió a la astronauta Christina Koch a la Estación Espacial Internacional. Koch no volvería a la tierra durante 328 días, lo que le otorgaría el récord femenino de mayor tiempo de vuelo en el espacio. Tenía miles de tareas diarias que cumplir y, hora tras hora, una línea roja se movía en la pantalla, mostrando constantemente si cumplía con lo programado. No había un instante que perder.
Si bien no recomendó nada tan intrusivo como una línea roja que gobierne nuestra vida, Pablo sí nos alentó a usar con cuidado nuestro tiempo precioso y limitado: «Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos» (Efesios 5:15-16). La sabiduría de Dios nos instruye a llenar nuestros días con voluntad y cuidado, poniendo en práctica la obediencia a Él, el amor a nuestro prójimo y la participación en la obra redentora de Jesús en el mundo. Lamentablemente, es posible que ignoremos dicha instrucción y que, en cambio, desperdiciemos nuestro tiempo de manera insensata (v. 17) en busca de logros egoístas y destructivos.
La idea no es que nos mortifiquemos en cuanto al tiempo, sino que simplemente obedezcamos y confiemos en Dios. Él nos ayudará a aprovechar al máximo nuestros días. Winn Collier - Pan Diario

La gran división

En el clásico cómic Peanuts, el amigo de Linus lo reprende por creer en la Gran Calabaza. Alejándose decaído, Linus dice: «Hay tres cosas que he aprendido a no discutir nunca con la gente: religión, política y la Gran Calabaza».
La Gran Calabaza existía solo en la mente de Linus, pero los otros dos temas son tan reales… dividen naciones, familias y amigos. Lo mismo sucedía en la época de Jesús. Los fariseos eran profundamente religiosos y trataban de seguir el Antiguo Testamento. Los herodianos eran más políticos, pero ambos grupos querían ver al pueblo judío libre de la opresión romana. Jesús no compartía sus objetivos. Por eso, le hicieron una pregunta políticamente cargada: ¿debía la gente pagar impuestos a César (Marcos 12:14-15)? Si decía que sí, el pueblo se resentiría con Él. Si decía que no, los romanos podían arrestarlo por sedición.
Jesús pidió una moneda y preguntó: «¿De quién es esta imagen?» (v. 16). Todos sabían que era de César. Las palabras de Jesús resuenan hoy: «Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios» (v. 17). Con sus prioridades en orden, evadió la trampa. Jesús vino a hacer la voluntad del Padre. Con su guía, nosotros también podemos buscar a Dios y su reino por sobre todo, quitando el foco de toda disensión y mirando a Aquel que es la verdad. Tim Gustafson - Pan Diario