Persistir en la oración

Mila, una asistente de cocina, se sintió incapaz de defenderse cuando su supervisora la acusó de robar pan de pasas. La acusación infundada y la deducción en el salario fueron solo dos de muchos actos equivocados de su jefa. «Dios, por favor, ayúdame —oraba Mila todos los días—. Es tan difícil trabajar con ella, pero necesito este trabajo».
Jesús relata sobre una viuda que también se sentía desesperada y buscó que se hiciera «justicia de [su] adversario» (Lucas 18:3). Recurrió a un juez para que resolviera el caso. A pesar de saber que el juez era injusto, insistió en abordarlo.
La respuesta final del juez (vv. 4-5) difiere por completo de la de nuestro Padre celestial, quien responde enseguida con amor y ayuda (v. 7). Si la insistencia pudo hacer que un juez injusto tomara ese caso, ¡cuánto más hará por nosotros Dios, que es el Juez justo (vv. 7-8)! Podemos confiar en que Él «[haga] justicia a sus escogidos» (v. 7); y ser persistentes es una manera de mostrar que confiamos en que Dios responderá con sabiduría perfecta ante nuestra situación.
Al final, la supervisora de Mila renunció después de que otros empleados se quejaron de su comportamiento. Mientras caminamos obedientes a Dios, persistamos en la oración, sabiendo que el poder de nuestras oraciones radica en Aquel que oye y nos ayuda. Karen Huang - Pan Diario

Un puñado de arroz

El estado de Mizoram, en el noreste de India, está saliendo lentamente de la pobreza. A pesar de su falta de ingresos, desde que el evangelio llegó a esa zona, los creyentes en Jesús practican una tradición llamada «puñado de arroz». Antes de cocinar el arroz, apartan cada día un puñado y lo dan a la iglesia. Esas iglesias, pobres para los estándares mundiales, han ofrendado millones a las misiones y enviado misioneros al mundo entero. Muchos, allí donde nacieron, han conocido a Cristo.
En 2 Corintios 8, Pablo describe a una iglesia con una actitud similar. Los creyentes macedonios eran pobres, pero eso nos les impidió dar con alegría y en abundancia (vv. 1-2). Lo consideraban un privilegio y daban «aun más allá de sus fuerzas» (v. 3), para colaborar con Pablo. Entendían que eran simples administradores de los recursos de Dios. Al dar, mostraban su confianza en Aquel que suple todas las necesidades.
Pablo usó el ejemplo de los macedonios para alentar a los corintios a abordar del mismo modo las ofrendas. Los corintios sobresalían «en todo […], en fe, en palabra, en ciencia, en toda solicitud, y en […] amor». Ahora, tenían que «sobresalir en esta gracia de dar» (v. 7 nvi). Nosotros también podemos reflejar la generosidad de nuestro Padre y dar generosamente de lo que tenemos. Matt Lucas - Pan Diario

Amar a nuestro enemigo

Durante la Segunda Guerra Mundial, el médico de la Marina de los Estados Unidos Lynne Weston desembarcó con los soldados para atacar y recuperar una isla tomada por el enemigo. Ante los inevitables heridos, hizo todo lo posible para curar a los combatientes para evacuarlos. Una vez, su unidad encontró a un soldado enemigo con una grave herida abdominal que impedía que pudieran darle agua. Para mantenerlo vivo, Weston le administró plasma intravenoso.
«¡Marinerucho, guarda el plasma para los nuestros!», gritó uno de los soldados. Weston lo ignoró. Sabía lo que haría Jesús: amar a los enemigos (Mateo 5:44).
Jesús hizo más que decir palabras desafiantes; las vivió. Cuando una multitud hostil lo llevó ante el sumo sacerdote, «los hombres que custodiaban a Jesús se burlaban de él y le golpeaban» (Lucas 22:63). El abuso siguió durante sus juicios injustos y su ejecución. Jesús no solo lo soportó. Cuando los soldados romanos lo crucificaron, oró para que fueran perdonados (23:34). Tal vez no nos encontremos con un enemigo literal que trate de matarnos, pero todos sabemos cómo se siente que se burlen de nosotros. Nuestra reacción natural es el enojo, pero Jesús elevó la vara: «orad por los que […] os persiguen» (Mateo 5:44). Mostremos esa clase de amor… aun a nuestros enemigos. Tim Gustafson - Pan Diario

El tiempo de Dios

Marga esperaba ansiosa su planeado viaje a otro país, pero, como era su práctica habitual, primero oró. «Son solo unas vacaciones —dijo una amiga—, ¿por qué tienes que consultarle a Dios?». Sin embargo, Marga creía en entregarle todo a Él. Esta vez, sintió que Dios la impulsaba a cancelar el viaje. Lo hizo, y después, cuando tendría que haber estado allí, estalló una pandemia. «Siento que Dios me estaba protegiendo», señala.
Noé y su familia también dependieron de la protección de Dios mientras esperaron en el arca durante casi dos meses cuando terminó el diluvio. Tras estar encerrados más de diez, estarían ansiosos por salir. Después de todo, «las aguas se secaron sobre la tierra; y […] la faz de la tierra estaba seca» (Génesis 8:13). Pero Noé no dependía solamente de lo que se veía, sino que salió cuando Dios le dijo (vv. 15-19). Confiaba en que Él tenía una buena razón para la larga espera; quizá la tierra todavía no estaba completamente segura. Cuando oramos por las decisiones en nuestra vida, usando las facultades que Dios nos ha dado y esperando su guía, podemos confiar en su tiempo, ya que sabemos que nuestro Creador sabio sabe qué es lo mejor para nosotros. Como declaró el salmista: «Mas yo en ti confío, oh Señor; […] En tu mano están mis tiempos» (Salmo 31:14-15). Leslie Koh - Pan Diario

Asunto de otros

Cuatro de nuestros nietos estaban jugando con un tren en miniatura, y los dos menores discutían por una locomotora. Cuando el de ocho años empezó a intervenir, su hermana de seis dijo: «No te preocupes por los asuntos de ellos». Palabras sabias para todos… pero, cuando la discusión pasó a las lágrimas, la abuela apareció, los separó y consoló a los peleadores.
Es bueno mantenerse ajenos a los asuntos de otros cuando, al intervenir, podemos empeorar las cosas. Pero, a veces, es necesario orar e involucrarnos. En su carta a los filipenses, el apóstol Pablo da un ejemplo de cuándo hacerlo. Insta a dos mujeres, Evodia y Síntique, a «que sean de un mismo sentir en el Señor» (4:2). Al parecer, su desacuerdo se había vuelto tan intenso que el apóstol se sintió impulsado a intervenir (v. 3), aunque estaba preso (1:7).
Pablo sabía que ese desacuerdo estaba provocando desunión y quitando el foco del evangelio. Por eso, dijo amablemente la verdad, mientras les recordaba que sus nombres estaban escritos «en el libro de la vida» (4:3). Quería que ellas y todos en la iglesia vivieran, en pensamientos y acciones, como pueblo de Dios (vv. 4-9). Cuando no estés seguro de si debes intervenir, ora, confiando en que «el Dios de paz estará con ustedes» (v. 9 rvc; ver v. 7). Alyson Kieda - Pan Diario