Durante un programa de estudio de verano, mi hijo leyó un libro sobre un muchacho que quería escalar una montaña en los Alpes suizos. Aquel joven ocupaba casi todo su tiempo entrenando para eso. Cuando finalmente partió hacia la cima, las cosas no salieron como planeaban. Un compañero se enfermó, y él decidió quedarse a ayudar en lugar de alcanzar su meta.
En la clase, el maestro de mi hijo preguntó: «¿El personaje principal fracasó porque no escaló la montaña?». Un alumno dijo: «Sí, porque en su ADN estaba fracasar». Pero otro discrepó, diciendo que el muchacho no fracasó porque dejó algo importante para ayudar a otra persona.
Cuando dejamos de lado nuestros planes y nos ocupamos de otras personas, estamos actuando como Jesús, quien sacrificó tener una casa, ingresos suficientes y reconocimiento social a cambio de viajar y compartir la verdad de Dios. Finalmente, dio su vida para mostrarnos el amor de Dios y liberarnos del pecado (1 Juan 3:16).
El éxito a los ojos de Dios difiere mucho del terrenal. Él valora la compasión que nos lleva a rescatar a los minusválidos y afligidos (v. 17). Aprueba las decisiones que protegen a las personas. Con su ayuda, podemos adoptar sus valores y dedicarnos a amarlo a Él y a los demás: el logro más significativo que existe. Jennifer Benson Schuldt - Pan Diario
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