Mortalidad y humildad

Los eruditos Jerónimo y Tertuliano relataban que, en la antigua Roma, cuando un general lograba una victoria épica, desfilaba en un carro reluciente por el centro de la capital, desde el alba hasta el atardecer. La multitud rugía, mientras el general disfrutaba de la adoración. Pero la leyenda señala que un siervo iba parado detrás de él todo el día, susurrándole: Memento mori («Recuerda que morirás»). En medio de toda la adulación, necesitaba la humildad que venía de recordar que era mortal.
Santiago le escribió a una comunidad infectada de deseos soberbios y una enorme autosuficiencia. Confrontando esa arrogancia, expresó palabras duras: «Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes» (Santiago 4:6). Necesitaban «[humillarse] delante del Señor» (v. 10). ¿Y cómo lo harían? Como los generales romanos, debían recordar que morirían. «No sabéis lo que será mañana. […] ¿qué es vuestra vida? […] neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece» (v. 14), insistía Santiago. Reconocer su debilidad les permitía vivir bajo la solidez de lo que «el Señor quiere» (v. 15).
Olvidar que tenemos los días contados puede generar soberbia. Pero cuando nuestra mortalidad nos humilla, consideramos que cada momento es solo por gracia. Memento mori. Winn Collier - Pan Diario

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