El padre de mi amigo murió hace poco. Cuando se enfermó, se deterioró rápidamente, y en cuestión de días, falleció. Mi amigo y su papá siempre habían tenido una relación muy estrecha, pero todavía quedaban muchas preguntas por hacer, respuestas por buscar y conversaciones por tener. Tantas cosas sin haberse dicho, y ahora su padre ya no estaba. Mi amigo es consejero profesional: conoce los vaivenes del dolor y cómo ayudar a otros a atravesar esas aguas turbulentas. Aun así, me dijo: «A veces, simplemente necesito oír la voz de mi papá, esa confirmación de su amor. Siempre significó todo para mí».
Un evento trascendental al comienzo del ministerio terrenal de Jesús fue su bautismo, realizado por Juan. Aunque Juan trató de resistirse, Jesús insistió en que era necesario para poder identificarse con la humanidad: «Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia» (Mateo 3:15). Juan hizo lo que Jesús le pidió. Y luego, sucedió algo que proclamó la identidad de Jesús ante Juan el Bautista y la multitud, y que seguramente tocó profundamente el corazón de Jesús. La voz del Padre le reafirmó a su Hijo: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia» (v. 17).
Esa misma voz en nuestro corazón nos reafirma a los creyentes su gran amor por nosotros. James Banks - Pan Diario
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