Una postura humilde

«Mantén las manos en la espalda. Estarás bien». Este es el consejo amoroso que el esposo de Julia le da siempre antes de que ella vaya a hablarle a un grupo. Cuando se encontraba intentando impresionar a la gente o buscando controlar una situación, adoptaba esa postura porque la colocaba en un marco mental receptivo y enseñable. Lo empleaba para recordarse amar a los que estaban delante de ella, ser humilde y permitir que el Espíritu Santo obrara.
Su comprensión de la humildad está basada en el concepto del rey David de que todo procede de Dios: «Tú eres mi Señor; no hay para mí bien fuera de ti» (Salmo 16:2). Aprendió a confiar en Dios y buscar su consejo: «Aun en las noches me enseña mi conciencia» (v. 7). Sabía que, con Dios a su lado, no se tambalearía (v. 8). No necesitaba jactarse porque confiaba en que el Dios todopoderoso lo amaba.
A medida que busquemos a Dios todos los días, pidiéndole que nos ayude en nuestras frustraciones o nos dé palabras cuando no las tenemos, lo veremos obrar en nuestra vida. «Seremos compañeros de Dios», como dice Julia; y nos daremos cuenta de que si actuamos bien, es porque Él nos ayudó.
Podemos mirar a otros con amor, con las manos cruzadas en la espalda en una postura de humildad para recordar que todo lo que tenemos viene de Dios. Amy Boucher Pye - Pan Diario

Amar dondequiera que vayas

Durante unas vacaciones, me senté en el muelle, mientras leía la Biblia y miraba a mi esposo pescando. Un joven se acercó y le sugirió que usara una carnada diferente. Me miró de reojo, y moviéndose inquieto dijo: «Estuve preso». Señaló mi Biblia y suspiró: «¿Piensa que a Dios realmente le interesan personas como yo?». Abrí en Mateo 25 y leí en voz alta donde Jesús hablaba de que sus seguidores visitaban a los presos.
«¿Dice eso? ¿Sobre estar preso?». Lágrimas asomaron en sus ojos cuando le compartí que Dios considera que la bondad hacia los suyos es un acto personal de amor hacia Él (vv. 31-40).
«Desearía que mis padres también me perdonaran». Bajó la cabeza. «Enseguida vuelvo». Y regresó con su Biblia desgastada. «¿Me mostraría dónde están esas palabras?». Le mostré, y mi esposo y yo lo abrazamos mientras orábamos por él y sus padres.
En algún momento, sentiremos que no nos aman; rechazados, necesitados e incluso física o emocionalmente presos (vv. 35-36), y precisaremos recordatorios de la compasión y el perdón amorosos de Dios. Además, tendremos oportunidades de ayudar a quienes luchen con esos sentimientos. Podemos ser parte del plan redentor de Dios a medida que testificamos de su verdad y su amor dondequiera que vayamos. Xochitl Dixon - Pan Diario

Lágrimas justificadas

«Perdón», dijo Carolina, disculpándose por llorar. Después de la muerte de su esposo, se dedicó a cuidar a sus hijos adolescentes. Cuando la iglesia ofreció llevarlos de excursión un fin de semana para entretenerlos y que ella descansara, lloró de gratitud, disculpándose una y otra vez por sus lágrimas.
¿Por qué muchos nos disculpamos por nuestras lágrimas? Simón, un fariseo, invitó a Jesús a comer. Mientras Jesús estaba a la mesa, una mujer que vivía una vida pecaminosa se acercó con un frasco de perfume, «y estando detrás de él a sus pies, llorando, comenzó a regar con lágrimas sus pies, y los enjugaba con sus cabellos; y besaba sus pies, y los ungía con el perfume» (Lucas 7:38). Justificadamente, esta mujer expresó su amor sin reservas, desatándose el cabello y secando los pies de Jesús. Rebosante de gratitud, sumó a sus lágrimas besos perfumados; acciones que contrastaban con la frialdad del anfitrión.
¿La respuesta de Jesús? La elogió por su profusa expresión de amor y la declaró perdonada (vv. 44-48).
Quizá nos veamos tentados a retener las lágrimas de gratitud cuando amenazan aparecer, pero Dios nos hizo seres emocionales, y podemos usar nuestros sentimientos para honrarlo. Expresemos sin pedir disculpas nuestro amor al Dios bueno que suple nuestras necesidades. Elisa Morgan - Pan Diario

Oraciones sin respuesta


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¿Ya llegamos? / Todavía no. / ¿Ya llegamos? / Todavía no. Este fue el juego de ida y vuelta que mantuvimos en el primer viaje de 16 horas de regreso a casa cuando nuestros hijos eran pequeños. Los dos más grandes no dejaban de jugarlo, y si yo hubiese tenido un dólar por cada vez que preguntaban, la pila sería enorme. Estaban obsesionados con esa pregunta, pero yo (el conductor) no dejaba de preguntarme lo mismo: ¿Ya llegamos? Y la respuesta era: Todavía no, pero pronto.
A decir verdad, la mayoría de los adultos hacemos esta pregunta de diversas maneras, aunque no lo digamos en voz alta, pero la razón es la misma: estamos «cansados de sufrir» (Salmo 6:7). Nos «[hemos consumido] a fuerza de gemir» (v. 6) por todo, desde las noticias, pasando por las frustraciones diarias, siguiendo con los interminables problemas de salud… y la lista continúa. Clamamos: «¿Ya llegamos? ¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo?».
El salmista conocía bien esa clase de agotamiento, y con sinceridad, le hizo a Dios esta pregunta clave. Como un padre protector, Él oyó los clamores de David y los aceptó en su gran misericordia (v. 9). Del mismo modo, tú y yo podemos acceder a nuestro Padre celestial y preguntarle lo mismo, y su respuesta será: «Todavía no, pero pronto. Confía en mí». James Banks - Pan Diario

Perfecto como Jesús

«Perfeccionismo es una de las palabras más aterradoras que conozco», escribe Kathleen Norris, reflexionando en el contraste entre el perfeccionismo actual y la «perfección» que se describe en el libro de Mateo. Actualmente, se define como «una aflicción psicológica grave que intimida mucho a la gente para tomar riesgos necesarios». Pero la palabra que se usa en Mateo significa maduro, completo o pleno. Norris concluye: «Ser perfecto […] es hacer lugar para desarrollar [y experimentar] una madurez suficiente para brindarnos a los demás».
Entender este concepto de la perfección ayuda a encontrarle sentido a la significativa historia que se narra en Mateo 19, donde un hombre le preguntó a Jesús qué podía hacer para «tener la vida eterna» (v. 16). Jesús le respondió: «Guarda los mandamientos» (v. 17). El hombre pensó que los había cumplido todos, pero aun así, sabía que le faltaba algo. «¿Qué más me falta?» (v. 20), preguntó.
Entonces, Jesús señaló que la riqueza del hombre era lo que trababa su corazón; y que si quería «ser perfecto» o pleno, debía estar dispuesto a soltar aquello a lo que estaba aferrado. Escuchemos hoy la invitación de Jesús a entregar todo a Él y hallar libertad en la plenitud que solo Él hace posible (v. 26). Monica La Rose - Pan Diario