Fe inconmovible

Kevin entró en la enfermería a buscar las pertenencias de su padre después de su muerte. El personal le entregó dos cajas pequeñas. Dijo que ese día se dio cuenta de que no se necesitaba abundancia de posesiones para ser feliz.
Su papá, Larry, siempre había vivido sin preocupaciones y dispuesto a alentar a otros con una sonrisa y palabras alentadoras. La razón de su felicidad era otra «posesión» que no entraba en una caja: una fe inquebrantable en su Redentor, Jesús.
Jesús nos insta a «[hacer] tesoros en el cielo» (Mateo 6:20). No dijo que no podíamos tener una casa o un auto, ahorrar para el futuro o poseer muchas cosas, sino que nos instó a examinar el foco de nuestro corazón. ¿Dónde estaba enfocado Larry? En amar a Dios, amando a los demás. Recorría los pasillos donde vivía, saludando y alentando a quienes encontraba. Si alguien lloraba, estaba allí con una palabra de consuelo, un oído atento o una oración compasiva. Su enfoque era vivir para honrar a Dios y hacer bien a los demás.
Preguntémonos si podríamos vivir con menos cosas que nos complican y distraen de los asuntos más importantes: amar a Dios y a los demás. «Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón» (v. 21). Lo que valoramos se refleja en nuestra forma de vivir. Anne Cetas - Pan Diario

Alentados en Dios

En 1925, Langston Hughes, un aspirante a escritor que trabajaba de ayudante de camarero en un hotel, se enteró de que un poeta al que admiraba, Vachel Lindsey, se hospedaba allí. Tímidamente, le pasó algunas de sus poesías, las cuales Lindsey elogió con entusiasmo en una lectura pública. Ese aliento hizo que Hughes recibiera una beca universitaria, abriéndole camino a su propia carrera exitosa como escritor.
Un pequeño aliento puede recorrer un largo camino; en especial, cuando Dios está en él. La Escritura narra un incidente cuando David huía del rey Saúl, quien trataba de matarlo. Jonatán, el hijo de Saúl, lo buscó «y fortaleció su mano en Dios. Y le dijo: No temas, pues no te hallará la mano de Saúl mi padre, y tú reinarás sobre Israel» (1 Samuel 23:15-17).
Jonatán tenía razón. David sería rey. La clave del aliento eficaz de Jonatán está en la sencilla frase «en Dios» (v. 16). Por medio de Jesús, Dios nos da «buena esperanza» (2 Tesalonicenses 2:16).
Estamos rodeados de personas que necesitan el aliento que da Dios. Si las buscamos, como hizo Jonatán, y las guiamos al Señor con una palabra o acción bondadosa, Él hará el resto. Sin importar lo que traiga aparejado esta vida, un futuro brillante y eterno les aguarda a los que confían en Dios. James Banks - Pan Diario

Administrar nuestros dones y talentos

En 2013, el actor británico David Suchet filmaba los últimos episodios de televisión y representaba en una obra teatral al amado detective belga de Agatha Christie, Hercule Poirot, cuando desempeñó «el mayor papel de [su] vida». Entre esos proyectos, grabó una versión en audio de toda la Biblia; más de 200 horas.
Suchet, que se convirtió en creyente en Cristo después de leer el libro de Romanos en una Biblia que encontró en un hotel, denominó el proyecto el cumplimiento de «una ambición de 27 años. Me sentí totalmente incentivado. Investigué tanto cada parte que estaba ansioso por comenzar». Luego, donó su salario.
Sus grabaciones continúan siendo un ejemplo inspirador de cómo glorificar a Dios con la administración de un talento o don, para luego compartirlo. Pedro instó a tal mayordomía en su carta a los creyentes del primer siglo. Perseguidos por adorar a Jesús, no al César, los desafió a centrarse en vivir para Dios mediante el desarrollo de sus dones espirituales: «Si alguno habla, hable conforme a las palabras de Dios» (1 Pedro 4:11). Podemos desarrollar todos los dones «para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo». Suchet ofreció sus talentos a Dios. Nosotros podemos hacer lo mismo, administrando todo bien para la gloria de Dios. Patricia Raybon - Pan Diario

Una conversación amistosa

Catalina y yo éramos buenas amigas en la escuela secundaria. Cuando no hablábamos por teléfono, nos pasábamos notas en clase para planear si dormíamos en su casa o en la mía. A veces, cabalgábamos y compartíamos proyectos escolares.
Un domingo, empecé a pensar en ella. Esa mañana, el pastor había hablado de cómo tener vida eterna, y yo sabía que mi amiga no creía las enseñanzas de la Biblia como yo. Sentí que debía llamarla y explicarle cómo tener una relación con Jesús, pero dudé porque tenía miedo de que lo rechazara y se alejara de mí.
Pienso que este temor nos mantiene callados a muchos. Aun Pablo tuvo que pedirle a la gente que orara para que «[diera] a conocer sin temor el misterio del evangelio» (Efesios 6:19). Aunque era un riesgo, el apóstol dijo que era «embajador»: alguien que hablaba en nombre de Dios (v. 20). Nosotros también lo somos. Si rechazan nuestro mensaje, rechazan también al que lo envió. Dios se duele junto con nosotros.
Entonces, ¿qué nos impulsa a hablar? Al igual que Dios, nos importa la gente (2 Pedro 3:9). Por eso, llamé finalmente a Catalina. Asombrosamente, no me rechazó, sino que escuchó, hizo preguntas, y le pidió a Jesús que perdonara sus pecados y decidió vivir para Él. El riesgo valió la pena. Jennifer Schuldt - Pan Diario

Elegir celebrar

La escritora Marilyn McEntyre relata que una amiga le enseñó que «lo opuesto a la envidia es la celebración». A pesar de la discapacidad física y el dolor crónico de esa amiga, que le impedían desarrollar sus talentos como deseaba, pudo encarnar de manera singular el gozo y celebrar con otros, «apreciando cada encuentro», hasta su muerte. 
Esa perspectiva permanece conmigo y me recuerda a amigos que ponen en práctica esa clase de gozo genuino, profundo y sin comparaciones hacia los demás. Es fácil caer en la trampa de la envidia. Alimenta nuestras vulnerabilidades, heridas y temores más profundos, susurrando que si tan solo fuéramos más como fulano, no tendríamos problemas ni nos sentiríamos mal.
En 1 Pedro 2, el apóstol les recordó a los nuevos creyentes que la única manera de librarnos de las mentiras que nos dice la envidia es arraigándonos profundamente en la verdad, habiendo «gustado la benignidad del Señor» (vv. 1-3). Podemos «[amarnos] unos a otros entrañablemente, de corazón» (1:22) cuando conocemos la fuente verdadera de nuestro gozo: «la palabra de Dios que vive y permanece para siempre» (v. 23).
Podemos dejar de compararnos cuando recordamos quiénes somos: «linaje escogido, […] pueblo adquirido por Dios, […] aquel que [nos] llamó de las tinieblas a su luz admirable» (2:9). Monica La Rose - Pan Diario