El foco correcto

Conocíamos a Kha desde hacía más de un año. Formaba parte de nuestro grupo pequeño de la iglesia que se reunía semanalmente para compartir lo que habíamos aprendido sobre Dios. Una noche, mencionó haber competido en las Olimpíadas. Fue tan al pasar que casi no lo noté. Casi. Oh sorpresa… ¡me enteré de que conocía a un atleta que había competido por la medalla de bronce! No podía entender que no lo hubiera mencionado antes, pero para Kha, si bien esa era una parte especial de su historia, cosas más importantes eran vitales para su identidad: su familia, su comunidad y su fe.
Lucas 10:1-34 describe qué debe ser vital para nuestra identidad. Cuando las 70 personas que Jesús envió a contarles a otros sobre el reino de Dios volvieron, le informaron: «aun los demonios se nos sujetan en tu nombre» (v. 17). Aunque Jesús reconocía haberlos equipado con un tremendo poder, dijo que estaban enfocados en algo equivocado. Insistió en que la causa de su alegría debía ser que sus «nombres [estuvieran] escritos en los cielos» (v. 20).
Cualquiera que sea el logro o la capacidad que Dios nos haya dado, nuestro mayor motivo de regocijo es que nos hemos puesto al cuidado de Jesús, que nuestros nombres están escritos en los cielos y que disfrutamos de su presencia en nuestra vida. Kirsten Holmberg - Pan Diario

Gota a gota

«En todo / buscamos maneras agradables de servir a Dios», escribe la creyente del siglo xvi Teresa de Ávila. Reflexiona de manera dolorosa en cómo buscamos mantener el control a través de métodos más fáciles y «agradables» en lugar de consagrarnos por completo a Dios. Tendemos a desarrollar lenta, tentativa y reticentemente nuestra plena confianza en Él. Y por eso, Teresa confiesa: «A medida que entregamos nuestras vidas a ti / poco a poco, / debemos estar contentos / de recibir tus dones gota a gota, / hasta que hayamos consagrado nuestras vidas completamente a ti».  
Como seres humanos, a muchos no nos surge naturalmente la confianza. Por eso, si experimentar la gracia y el amor de Dios dependiera de nuestra habilidad para confiar y recibirla, ¡estaríamos en problemas!
Pero, como leemos en 1 Juan 4, el amor de Dios por nosotros viene primero (v. 19). Él nos amó mucho antes de que nosotros pudiéramos amarlo; ¡tanto!, que estuvo dispuesto a sacrificar a su Hijo por nosotros. «En esto consiste el amor», escribe un Juan maravillado y agradecido (v. 10). De forma gradual, lenta y poco a poco, Dios sana nuestro corazón para recibir su amor. Gota a gota, su gracia nos alcanza, hasta que nos descubrimos experimentando lluvias de su abundante belleza y amor. Monica La Rose - Pan Diario

Clamar a Dios

En su libro Adopted for Life [Adoptado de por vida], el Dr. Russell Moore describe el viaje de su familia a un orfanato para adoptar a un niño. Cuando entraron en la guardería, el silencio era sorprendente. Los bebés nunca lloraban, y no porque nunca necesitaran nada, sino porque habían aprendido que a nadie le importaba lo suficiente como para responder.
Se me rompió el corazón al leer eso. Recuerdo innumerables noches cuando nuestro hijos eran pequeños. Mi esposa y yo dormíamos profundamente hasta que nos despertaban sus llantos: «Papá, ¡estoy enfermo», o «Mamá, ¡tengo miedo!». Uno de nosotros corría a su cuarto para tratar de consolarlos. Nuestro amor por ellos les daba una razón para clamar por ayuda. Una enorme cantidad de salmos son clamores o lamentos a Dios. Israel se los presentaba sobre la base de la relación personal del Señor con ellos. Era un pueblo al que Él había llamado su «primogénito» (Éxodo 4:22), y este le estaba pidiendo al Padre que actuara conforme a esa verdad. Esta sincera confianza se ve en el Salmo 25: «Mírame, y ten misericordia de mí; […] sácame de mis congojas» (vv. 16-17). Los niños que confían en el amor de un cuidador sí lloran. Como creyentes en Cristo, hijos de Dios, podemos clamar a Él. Por su amor, nos oye y nos cuida. John Blase - Pan Diario

El amor protector de Dios

Una noche de verano, las aves cerca de casa prorrumpieron en un chirrido caótico, que se agudizó mientras lanzaban llamados penetrantes desde los árboles. Por fin nos dimos cuenta del motivo: al caer el sol, un halcón grande voló desde la copa de un árbol, haciendo que las aves se dispersaran frenéticas y dando la alarma mientras huían del peligro.
En nuestra vida, las advertencias espirituales pueden oírse a través de las Escrituras; por ejemplo, ante las enseñanzas falsas. Quizá dudemos de lo que oímos, pero nuestro Padre celestial, en su amor, nos brinda claridad para que nos demos cuenta de esos peligros. Jesús enseñó: «Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces» (Mateo 7:15). Y agregó: «Por sus frutos los conoceréis. […] todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos». Y volvió a advertir: «Así que, por sus frutos los conoceréis» (vv. 16-17, 20).
Proverbios 22:3 nos recuerda: «El avisado ve el mal y se esconde; mas los simples pasan y reciben el daño».
En las advertencias de la Biblia está entretejido el amor protector de Dios. Como las aves se avisaban del peligro físico, que las advertencias de la Biblia nos lleven a refugiarnos en los brazos del Señor. Patricia Raybon - Pan Diario

Lavar los pies… y los platos

Cuando cumplieron 50 años de casados, Charley y Jan desayunaron en un café con su hijo Jon. Ese día, el restaurante tenía poco personal: solo un encargado, la cocinera y una joven que hacía de recepcionista, camarera y limpiando las mesas. Cuando terminaron de desayunar, Charley les preguntó a su esposa e hijo: «¿Tienen algo importante que hacer en las próximas horas?». Contestaron que no.
Entonces, con el permiso del supervisor, la pareja se ofreció para lavar los platos, mientras su hijo limpiaba las mesas. Según Jon, lo que sucedió ese día no fue nada raro, ya que sus padres siempre habían seguido el ejemplo de Jesús, quien «no vino para ser servido, sino para servir» (Marcos 10:45).
En Juan 13, leemos sobre la última cena que Jesús compartió con sus discípulos. Esa noche, el Maestro les enseñó el principio del servicio humilde al lavarles los pies sucios (vv. 14-15). Si Él estuvo dispuesto a hacer la humilde tarea de lavar los pies de una docena de hombres, ellos también debían servir con gozo a otros. Las formas de servicio que encontremos pueden parecer diferentes, pero una cosa es igual: hay gran gozo en servir. El propósito detrás del servicio no es elogiar a los que lo hacen, sino dirigir toda la alabanza a nuestro Dios. Cindy Kasper - Pan Diario