La belleza de la adopción

La película Un sueño posible cuenta la historia real de Michael Oher, un adolescente sin hogar. Una familia lo recibe en su casa y lo ayuda a superar dificultades en el aprendizaje y a lograr la excelencia en el fútbol americano. En una escena, la familia habla con Michael sobre la posibilidad de adoptarlo, después de haber estado viviendo con ellos varios meses. Michael responde que ¡ya se consideraba parte de la familia!
La adopción es algo hermoso y cambia vidas, tal como cambió profundamente la vida de Michael. En Jesús, los creyentes son hechos «hijos de Dios» mediante la fe en Él (Gálatas 3:26). Somos adoptados por Dios y nos transformamos en sus hijos (4:5). Como hijos adoptivos de Dios, recibimos el Espíritu de su Hijo, llamamos «Padre» a Dios (v. 6) y nos transformamos en sus herederos (v. 7) y coherederos con Cristo (Romanos 8:17). Nos volvemos miembros plenos de su familia.
Cuando Michael Oher fue adoptado, esto cambió su vida, su identidad y su futuro. ¡Cuánto más para nosotros que somos adoptados por Dios! Nuestra vida cambia cuando lo conocemos como Padre. Nuestra identidad cambia al pertenecerle. Y nuestro futuro cambia porque se nos promete una herencia gloriosa y eterna. Con Campbell - Pan Diario

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A Clifford Williams lo sentenciaron a morir por un asesinato que no cometió. Cada petición para que reconsideraran la evidencia en su contra fue denegada… durante 42 años. Entonces, la abogada Shelley Thibodeau se enteró de su caso, y no solo descubrió que no había evidencia para condenarlo, sino que otro hombre había confesado ser el asesino. A los 76 años de edad, Williams por fin fue exonerado y lo liberaron.
Los profetas Jeremías y Urías también estaban en un gran problema. Le dijeron a Judá que Dios había prometido juzgar a su pueblo si no se arrepentía (Jeremías 26:12-13, 20). Este mensaje enojó al pueblo y a los funcionarios de Judá, quienes intentaron matar a los profetas. En el caso de Urías, lo lograron (v. 23). Pero ¿por qué no mataron a Jeremías? En parte, porque «la mano de Ahicam hijo de Safán estaba a favor de Jeremías» (v. 24). Tal vez no conozcamos a ningún condenado a muerte, pero probablemente conocemos a alguien a quien le vendría bien nuestro apoyo. ¿Habrá alguien cuyos derechos no se estén respetando? ¿Alguien que sienta que sus talentos se desestiman o que nadie escucha su voz? Tal vez sea riesgoso dar un paso al frente como Thibodeau o Ahicam, pero es lo correcto. ¿Quién necesita que lo defendamos como Dios nos guíe a hacerlo? Mike Wittmer - Pan Diario

Vidas valiosas en Cristo

Las lágrimas rodaban por mis mejillas mientras buscaba desesperadamente mis anillos de boda. Después de una hora de revisar cada rincón y ranura de nuestra casa, Alan dijo: «Bueno. Compraremos otros».
«Gracias —respondí—, pero su valor sentimental sobrepasa su precio. Son irremplazables». Mientras seguía buscando, oraba: «Por favor, Dios, ayúdame a encontrarlos».
Más tarde, en el bolsillo de un abrigo que había usado esa semana, encontré las valiosas joyas. «¡Gracias, Señor!», exclamé. Mientras mi esposo y yo nos alegrábamos, me puse los anillos y recordé la parábola de la mujer que había perdido una moneda (Lucas 15:8-10). Como ella, yo sabía el valor de lo perdido. Ninguna de las dos hicimos mal en querer encontrar lo que valorábamos. Jesús simplemente usó esa historia para enfatizar su deseo de salvar a todos los que había creado. Un pecador arrepentido es una celebración en el cielo.
Qué bendición sería convertirse en una persona que ora tan apasionadamente por los demás como lo hacemos para encontrar tesoros perdidos. Y qué privilegio es celebrar cuando alguien se arrepiente y entrega su vida a Cristo. Si hemos puesto nuestra fe en Jesús, podemos agradecer de haber experimentado el gozo de ser amados por Alguien que nos consideró dignos de ser buscados. Xochitl Dixon - Pan Diario

Vencer la envidia

En la película Amadeus, el compositor Antonio Salieri interpreta algo de su música para un sacerdote, el cual confiesa avergonzado que no la reconoce. «¿Y esta?», dice Salieri, tocando una conocida melodía. «No sabía que usted escribió esa», dice el sacerdote. «Yo no —respondió Salieri—, ¡fue Mozart!». Los espectadores descubren que el éxito de Mozart había causado una profunda envidia en Salieri, al punto de tener que ver con su muerte.
Una canción yace en el corazón de otra historia de envidia. Después de la victoria de David sobre Goliat, los israelitas cantaron: «Saúl hirió a sus miles, y David a sus diez miles» (1 Samuel 18:7). La comparación no le cayó bien al rey Saúl. Envidioso y con temor a perder su trono (vv. 8-9), comienza a perseguir a David, intentando matarlo.
Nosotros también solemos ser tentados a envidiar a quienes tienen talentos similares o mayores a los nuestros. Y ya sea buscándoles errores o minimizando su éxito, también podemos intentar dañar a nuestros «rivales».
Saúl había sido elegido por Dios para su labor (10:6-7, 24), lo cual tendría que haberle dado seguridad en lugar de envidia. Como cada uno tiene su llamado particular (Efesios 2:10), tal vez la mejor manera de vencer la envidia sea dejar de compararnos y celebrar los éxitos unos de otros. Sheridan Voysey - Pan Diario

Jesús es nuestra paz

El monje Telémaco vivió una vida tranquila, pero su muerte a finales del siglo iv cambió el mundo. Visitando Roma, saltó la pared a la arena del anfiteatro para intentar detener a los gladiadores que participaban de aquel sangriento deporte, para que no se mataran; pero la multitud descontrolada lo apedreó hasta matarlo. No obstante, el emperador Honorio se conmovió ante su actuar y decretó el final de la práctica de esos juegos de 500 años de antigüedad.
Cuando Pablo llama a Jesús «nuestra paz», se refiere a la hostilidad entre judíos y gentiles (Efesios 2:14). Israel, el pueblo escogido de Dios, era diferente y disfrutaba de ciertos privilegios. Por ejemplo, al adorar en el templo, los gentiles solo podían hacerlo en el patio, separados por una pared. Pero ahora, debido a la muerte y resurrección de Jesús por todos, tanto judíos como gentiles pueden adorar a Dios libremente por medio de la fe en Él (vv. 18-22). Ya no había una pared divisoria; ningún privilegio de un grupo sobre el otro. Ambos eran iguales delante de Dios. Tal como Telémaco trajo paz a los guerreros con su muerte, así Jesús hace posible la paz y la reconciliación para todos los que creen en Él. Entonces, si Jesús es nuestra paz, que nuestras diferencias no nos dividan. Él nos hizo uno mediante su sangre. Con Campbell - Pan Diario