Augusto César, el primer emperador romano, quiso que lo conocieran como un gobernante de la ley y el orden. Aunque construyó su imperio con el trabajo esclavo, las conquistas militares y los sobornos financieros, restauró una medida de proceso legal y dio a sus ciudadanos a Iustitia, una diosa a la que nuestro sistema actual denomina Dama de la Justicia. También promulgó un censo que llevó a María y José a Belén, para el nacimiento del largamente esperado gobernante cuya grandeza llegaría hasta los confines de la tierra (Miqueas 5:2-4).
Lo que nadie imaginó es que un Rey mucho más grande viviría y moriría para mostrar cómo es la justicia verdadera. Siglos antes, en la época del profeta Miqueas, el pueblo de Dios lo había perdido de vista y vuelto a una cultura de mentiras, violencia y «tesoros de impiedad» (6:10-12). En su amor, el Señor anhelaba mostrarles qué significaba hacer el bien y andar con humildad (v. 8).
Fue necesario un Rey Siervo para personificar la clase de justicia que anhelaban las personas dolidas, olvidadas y desamparadas. Jesús cumplió la profecía de Miqueas para que se restableciera la relación entre Dios y las personas, y unas con otras. No sería como la ley y el orden impuestos por el César, sino en la libertad del espíritu de nuestro Rey Jesús. Mart DeHaan - Pan Diario
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