Cuando una tormenta de nieve azotó la región donde vivíamos, mi madre, viuda, aceptó quedarse con mi familia hasta que pasara. Pero nunca volvió a su casa y vivió con nosotros el resto de su vida. Su presencia nos cambió de muchas maneras positivas. Todos los días, transmitía consejos y sabiduría a la familia, y compartía historias ancestrales. Ella y mi esposo se hicieron muy amigos, compartiendo un similar sentido del humor y amor por los deportes. Dejó de ser una visita y se volvió una residente vital y permanente que transformó nuestros corazones aun después de que Dios la llamó al hogar celestial.
La experiencia evoca la descripción de Jesús de que Él «habitó entre nosotros» (Juan 1:14). Es una descripción emocionante porque, en el griego original, la palabra habitó significa «montar una tienda». Otra traducción dice: «vino a vivir entre nosotros» (NTV). Por la fe, recibimos a Jesús como el que habita en nuestro corazón. Pablo escribió: «[oro] para que os dé […] el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, […] arraigados y cimentados en amor» (Efesios 3:16-17). Jesús no es una visita ocasional, sino un residente permanente en todos los que creen en Él. Abramos la puerta de nuestro corazón y démosle la bienvenida. Patricia Raybon - Pan Diario

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