Jesús está aquí

Mi anciana tía abuela yacía enferma en su cama. Tenía una sonrisa en el rostro; su cabello canoso rodeaba su cabeza y las arrugas cubrían sus mejillas. No hablaba mucho, pero todavía recuerdo las pocas palabras que dijo cuando mis padres la visitaron. Susurró: «No me siento sola. Jesús está aquí conmigo».
Su esposo había muerto hacía varios años y sus hijos vivían lejos, así que me maravillé ante su declaración. Cerca de cumplir 90 años, estaba sola, en su cama y casi sin poder moverse. No obstante, podía decir que no se sentía sola.
Mi tía tomó literalmente las palabras de Jesús a sus discípulos, tal como todos deberíamos hacerlo: «he aquí yo estoy con vosotros todos los días» (Mateo 28:20). Ella sabía que el Espíritu de Cristo estaba con ella, como prometió Él cuando los instruyó a ir por todo el mundo a compartir el evangelio con otros (v. 19). Jesús dijo que el Espíritu Santo estaría «con» los discípulos y con nosotros (Juan 14:16-17). Estoy segura de que mi tía experimentó la realidad de esa promesa. El Espíritu estaba en su interior mientras ella yacía en su cama. Y el Espíritu la utilizó para compartir esa verdad conmigo… una sobrina joven que necesitaba escuchar y atesorar esas palabras. Katara Patton - Pan Diario

La dulzura de la sinceridad

«Amigo querido, a veces suenas más santo de lo que eres realmente».
Si hubiesen venido de otra persona que no fuera mi amigo y mentor, cuyo discernimiento valoro enormemente, estas palabras habrían herido mis sentimientos. En cambio, hice una mueca de dolor y me reí al mismo tiempo, sabiendo que, aunque sus palabras me habían dolido, también tenía razón. A veces, cuando hablaba de mi fe, usaba una jerga que no sonaba natural y daba la impresión de que no era sincero. Mi amigo me amaba y estaba tratando de ayudarme a ser más eficaz al compartir con otros los que yo creía de verdad. Al mirar atrás, lo considero uno de los mejores consejos que recibí.
Salomón escribe: «Fieles son las heridas del que ama; pero importunos los besos del que aborrece» (Proverbios 27:6). El discernimiento de mi amigo demostró la veracidad de ese consejo. Me sentí agradecido de que se interesara por decirme algo que yo necesitaba oír, aunque sabía que podría ser difícil de aceptar. A veces, cuando alguien te dice solamente lo que piensa que quieres oír, no ayuda, porque puede impedir que desarrolles cualidades vitales.
La sinceridad puede ser dulce cuando brota de un amor genuino y humilde. Que Dios nos dé la sabiduría para recibir e impartir bien un consejo, reflejando así su corazón bondadoso. James Banks - Pan Diario

Confiado en Dios


Dona un euro, haz clic en el botón amarillo. Dios te bendiga

Un estudio en el Reino Unido en 2018 descubrió que, en promedio, los adultos «revisan sus teléfonos celulares cada doce minutos durante el día». Pero seamos sinceros: esta estadística parece extremadamente conservadora cuando considero la frecuencia con que busco en Google una respuesta a una pregunta, o contesto un mensaje, una llamada o un email. Muchos miramos constantemente nuestros dispositivos, confiando en que nos brindarán lo necesario para mantenernos organizados, informados y conectados.
Como creyentes en Cristo, tenemos una fuente infinitamente mejor que nuestros celulares. Dios nos ama y se interesa personalmente por nosotros, y desea que le presentemos nuestras necesidades. Cuando oramos, podemos confiar en que «si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye» (1 Juan 5:14). Al guardar sus palabras en nuestro corazón, podemos pedir confiados las cosas que sabemos que desea darnos: paz, sabiduría y provisión para nuestras necesidades (v. 15).
A veces, pareciera que Dios no nos oye cuando nuestra situación no cambia, pero desarrollaremos nuestra confianza en Él al invocar su ayuda en toda circunstancia (Salmo 116:2). Esto nos permite crecer en la fe, confiando en que, aunque no obtengamos todo lo que deseamos, ha prometido responder en el momento correcto. Kimya Loder - Pan Diario

Enfocarse en Dios

Según el psicólogo economista Barry Schwartz, mi indecisión crónica indica que soy lo que él llama un «maximizador» —en oposición a un «satisfacedor»—, con la necesidad constante de tomar la mejor decisión (¡culpable!). ¿Cuál es el potencial resultado de tal indecisión frente a numerosas decisiones? Ansiedad, depresión e insatisfacción. En realidad, los sociólogos han acuñado una frase para este fenómeno: miedo a equivocarse.
Por supuesto que no encontramos la palabra maximizador en las Escrituras, pero sí hallamos una idea similar. En 1 Timoteo, Pablo desafió a Timoteo a encontrar valía en Dios en lugar de buscarla en las cosas de este mundo. Las promesas de satisfacción que ofrece el mundo nunca pueden conformar por completo. En cambio, Pablo quería que Timoteo basara su identidad en Dios: «gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento» (6:6). Pablo suena como un satisfacedor cuando agrega: «Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto » (v. 8).
Cuando me enfoco en la miríada de formas en que el mundo promete satisfacción, suelo terminar inquieto e insatisfecho. Pero cuando me enfoco en Dios y renuncio a mi instinto compulsivo de maximizar, mi alma se mueve en dirección a un contentamiento y reposo genuinos. Adam Holz - Pan Diario

Arcoíris de esperanza

Durante unas vacaciones, otra batalla contra el dolor crónico me forzó a pasar los primeros días recuperándome en una habitación. Mi humor se volvió tan oscuro como el cielo. Cuando por fin me aventuré a salir para disfrutar de un paseo con mi esposo, las nubes grises bloqueaban bastante el paisaje, pero aun así, tomamos fotos de las ensombrecidas montañas y el borroso horizonte.
Más tarde, decepcionada porque una lluvia torrencial nos impidió salir por la noche, empecé a mirar nuestras fotos digitales. Conmovida, le pasé la cámara a mi esposo… «¡Un arcoíris!». Enfocada antes en la melancolía, me había perdido de ver que Dios renovaba mi espíritu cargado con el inesperado atisbo de esperanza (Génesis 9:13-16).
El sufrimiento físico o emocional puede hundirnos en las profundidades de la desesperación, donde ansiamos tener recordatorios de la presencia constante y el poder infinito de Dios (Salmo 42:1-3). Al recordar las innumerables ocasiones en que Dios nos ha ayudado en el pasado, podemos esperar seguros en Él sin importar lo mal que nos sintamos en ese momento (vv. 4-6).
Cuando las circunstancias difíciles nublan nuestra visión, Dios nos invita a acudir a Él, leer la Biblia y confiar en su fidelidad (vv. 7-11). Arcoíris de esperanza aparecerán en los días más oscuros. Xochitl Dixon - Pan Diario