La sangre de Jesús

El color rojo no siempre se ve natural en cosas que fabricamos. ¿Cómo se pone el vibrante color de una manzana en una camiseta o un lápiz labial? En la antigüedad, el pigmento rojo se hacía de piedras rojas. En el siglo xv, los aztecas inventaron una manera de usar cochinillas para hacer tinte rojo. Hoy, estos mismos insectos nos proveen este color.
En la Biblia, el rojo denota realeza, pero también alude al pecado y la vergüenza. Además, es el color de la sangre. Cuando a Jesús «le pusieron encima un manto escarlata» (Mateo 27:28), estos tres simbolismos se fundieron en una imagen desgarradora del rojo: Jesús fue ridiculizado como un supuesto miembro de la realeza, cubierto de vergüenza y vestido con el color de la sangre que pronto derramaría. Pero Isaías anticipó que este Jesús carmesí nos libraría del rojo que nos mancha: «si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos» (1:18). Algo interesante sobre las cochinillas es que, por fuera, son blancas. Solo al molerlas, liberan su sangre roja, lo que evoca otras palabras de Isaías: «[Jesús] fue […] molido por nuestros pecados» (53:5). Jesús, que no conoció pecado, salva a los rojos de pecado. En su muerte dolorosa, soportó todo el rojo para que pudiéramos ser blancos como la nieve. Kenneth Petersen - Pan Diario

Ama a tus enemigos

Al ver que la Guerra Civil Estadounidense despertaba muchos sentimientos amargos, Abraham Lincoln consideró apropiado decir unas palabras amables sobre los habitantes del Sur del país. Ante la pregunta de cómo podía hacer eso, él replicó: «Señora, ¿no destruyo a mis enemigos cuando los hago mis amigos?». Un siglo después, reflexionando en esas palabras, Martin Luther King Jr. comentó: «Este es el poder del amor redentor».
King citó las enseñanzas de Jesús cuando llamó a sus discípulos a amar a sus enemigos. Señaló que, aunque a los creyentes les cueste amar a quienes los persiguen, este amor brota de «una entrega total y constante a Dios». Y agregó: «Cuando amemos de este modo, conoceremos a Dios y experimentaremos la belleza de su santidad».
En el Sermón del Monte, Jesús dijo: «amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 5:44-45). Advirtió contra la sabiduría convencional de amar solo al prójimo. Pero Dios da a sus hijos la fuerza para amar a los que se les oponen.
Tal vez nos parezca imposible amar a nuestros enemigos, pero si le pedimos ayuda a Dios, Él nos ayudará. Nos dará el valor para implementar esta práctica vital, porque Jesús dijo: «para Dios todo es posible» (19:26). Amy Pye - Pan Diario

He visto la fidelidad de Dios

A lo largo de sus históricos 70 años como gobernante británica, la reina Isabel ii solo respaldó una biografía sobre su vida con un prólogo personal: The Servant Queen and the King She Serves [La reina sierva y el Rey al que sirve]. Lanzado para celebrar sus 90 años de edad, el libro relata cómo su fe la guio mientras servía a su país, y su gratitud a todos por orar por ella y a Dios por su amor inalterable. Concluye diciendo: «Ciertamente he visto su fidelidad».
La sencilla declaración de la reina Isabel hace eco de los testimonios de hombres y mujeres a lo largo de la historia que han experimentado el cuidado personal y fiel de Dios. En 2 Samuel 22, se registra un cántico que habla de la fidelidad de Dios al proteger a David, sustentándolo e incluso rescatándolo cuando estaba en peligro (vv. 3-4, 44). En respuesta a haber experimentado su fidelidad, David escribió: «cantaré alabanzas a tu nombre» (v. 50 LBLA).
Aunque la belleza aumenta cuando la fidelidad de Dios se ve en una vida larga, no tenemos que esperar para hablar de su cuidado en la nuestra. Cuando reconocemos que no son nuestras habilidades las que nos sostienen durante la vida sino el cuidado fiel de un Padre amoroso, somos incentivados a dar gracias y alabar. Lisa Samra - Pan Diario

La Palabra de Dios que transforma

Cuando Kristin quiso comprar un libro especial para Xio-Hu, su esposo chino, lo único que pudo encontrar en su idioma fue una Biblia. Aunque ninguno creía en Cristo, esperaba que igualmente apreciara el regalo. Al verla por primera vez, él se enojó, pero finalmente la abrió. Mientras leía, las verdades de sus páginas lo persuadieron. Molesta ante este imprevisto, Kristin empezó a leer las Escrituras para refutar a Xio-Hu. La sorpresa fue suya cuando ella también creyó en Jesús al ser convencida por lo que leía.
El apóstol Pablo conocía la naturaleza transformadora de las Escrituras. Escribiendo desde la cárcel, instó a su pupilo, Timoteo: «persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste» porque «desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras» (2 Timoteo 3:14-15). El término «persiste», en el original griego, tiene la connotación de «permanecer» en lo que revela la Biblia. Como Pablo sabía que Timoteo enfrentaría antagonismo y persecución, quería que se equipara para los desafíos. Estaba seguro de que su pupilo hallaría fortaleza y sabiduría en la Biblia al meditar en sus verdades.
Dios, mediante su Espíritu, hace que las Escrituras cobren vida en nosotros. Al morar en ella, nos desafía a asemejarnos más a Él. Tal como hizo con Xio-Hu y Kristin. Amy Pye - Pan Diario

El ciclo del gran amor de Dios

A los 30 años de edad, siendo una creyente nueva en Jesús, me surgieron muchas preguntas después de entregarle mi vida. Cuando empecé a leer las Escrituras, los cuestionamientos aumentaron. Le pregunté a una amiga: «¿Cómo puedo obedecer todos los mandamientos de Dios? ¡Si incluso esta mañana le hablé mal a mi esposo!».
«Sigue leyendo la Biblia —dijo ella—, y pídele al Espíritu Santo que te ayude a amar como Jesús te ama».
Después de más de 20 años de ser hija de Dios, esta simple pero profunda verdad aún me ayuda a seguir los tres pasos de su ciclo de gran amor. Primero: el apóstol Pablo afirmó que el amor es esencial en la vida del creyente en Cristo. Segundo: al continuar con nuestro deber de amarnos unos a otros, andaremos en obediencia, «porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley» (Romanos 13:8). Por último: cumplimos la ley porque «el amor no hace mal al prójimo» (v. 10). Cuando experimentamos la profundidad del amor de Dios por nosotros, demostrado de la mejor manera en el sacrificio de Cristo en la cruz, podemos responder con una agradecida devoción que nos lleva a amar a otros con nuestras palabras, acciones y actitudes. El amor genuino fluye de Dios, que es amor (1 Juan 4:16, 19). ¡Que Dios nos ayude a ser parte de su gran ciclo de amor! Xochitl Dixon - Pan Diario