Jesús habita en el interior

Cuando una tormenta de nieve azotó la región donde vivíamos, mi madre, viuda, aceptó quedarse con mi familia hasta que pasara. Pero nunca volvió a su casa y vivió con nosotros el resto de su vida. Su presencia nos cambió de muchas maneras positivas. Todos los días, transmitía consejos y sabiduría a la familia, y compartía historias ancestrales. Ella y mi esposo se hicieron muy amigos, compartiendo un similar sentido del humor y amor por los deportes. Dejó de ser una visita y se volvió una residente vital y permanente que transformó nuestros corazones aun después de que Dios la llamó al hogar celestial.
La experiencia evoca la descripción de Jesús de que Él «habitó entre nosotros» (Juan 1:14). Es una descripción emocionante porque, en el griego original, la palabra habitó significa «montar una tienda». Otra traducción dice: «vino a vivir entre nosotros» (NTV). Por la fe, recibimos a Jesús como el que habita en nuestro corazón. Pablo escribió: «[oro] para que os dé […] el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, […] arraigados y cimentados en amor» (Efesios 3:16-17). Jesús no es una visita ocasional, sino un residente permanente en todos los que creen en Él. Abramos la puerta de nuestro corazón y démosle la bienvenida. Patricia Raybon - Pan Diario

Hablar con la ayuda de Dios

Por lo general, uno piensa que las mariposas no son criaturas ruidosas; después de todo, el aleteo de una simple mariposa monarca es casi inaudible. Pero en la selva mejicana, su aleteo grupal es sorprendentemente ruidoso. Cuando millones de monarcas aletean al mismo tiempo, suena como una catarata rugiente.
La misma descripción se da cuando cuatro criaturas aladas aparecen en la visión de Ezequiel. Aunque en un número menor que las mariposas, se compara el sonido de sus alas al «sonido de muchas aguas» (Ezequiel 1:24). Cuando se quedaron quietas y bajaron las alas, el profeta oyó la voz de Dios que lo llamaba a comunicar sus palabras a los israelitas (2:7).
A Ezequiel, como a los otros profetas del Antiguo Testamento, se le encomendó la tarea de decir la verdad al pueblo de Dios. Hoy, Dios nos pide a todos que contemos la verdad de su buena obra en nosotros a quienes nos rodean (1 Pedro 3:15). A veces, nos harán una pregunta directa; una invitación a compartir de forma ruidosa como una catarata. Otras veces, tal vez sea como un susurro, al satisfacer una necesidad no expresada. Cualquiera que sea la invitación a compartir el amor de Dios, debemos prestar atención, como Ezequiel, con oídos atentos para escuchar lo que Él quiere que digamos. Kirsten Holmberg - Pan Diario

¿Dueño o administrador?

«¿Soy dueño o administrador?». El CEO de una compañía multimillonaria se preguntó esto mientras evaluaba qué era mejor para su familia. Preocupado por las potenciales tentaciones de una vasta riqueza, no quería cargar a sus herederos con ese desafío. Entonces, dejó su participación como dueño y colocó el 100 % de las acciones en un fideicomiso. Reconocer que todo le pertenece a Dios lo ayudó a tomar esa decisión, y a permitir que su familia se ganara la vida trabajando y usara los beneficios futuros para la obra de Dios.
En el Salmo 50:10, Dios le dice a su pueblo: «Porque mía es toda bestia del bosque, y los millares de animales en los collados». Como el Creador de todo, Dios no nos debe ni necesita nada de nosotros. «No tomaré de tu casa becerros, ni machos cabríos de tus apriscos», dice (v. 9). Él nos provee generosamente todo, y usa también nuestras habilidades y fortalezas para que nos ganemos la vida. Por eso, es digno de nuestra alabanza de corazón.
Dios es dueño de todo. Pero por su bondad, decidió entrar en una relación con todos los que confían en Jesús, quien «no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos» (Marcos 10:45). Al valorar al Dador de los talentos y servirlo con ellos, somos bendecidos para su deleite para siempre. James Banks - Pan Diario

Incluso Levítico

El tema era Levítico, y tuve que confesar algo a mi grupo de estudio bíblico: «Pasé por alto gran parte del texto. No volveré a leer sobre enfermedades de la piel».
Fue entonces que mi amigo David dijo: «Conozco a un hombre que creyó en Jesús por ese pasaje». Su amigo médico había sido ateo, pero antes de rechazar por completo la Biblia, decidió que sería mejor que la leyera. La sección sobre las enfermedades de la piel, en Levítico, lo fascinó. Contenía detalles sorprendentes sobre llagas contagiosas y no contagiosas (13:1-46), y cómo tratarlas (14:8-9). Sabía que eso superaba con creces el conocimiento médico de aquella época… y aun así, estaba en Levítico. Es imposible que Moisés supiera todo eso, pensó, y empezó a considerar que Moisés realmente recibió esa información de parte de Dios. Finalmente, puso su fe en Jesús.
Si partes de la Biblia te aburren, está bien, te entiendo. Pero todo lo que dice está allí por una razón. Levítico fue escrito para que los israelitas supieran cómo vivir para y con Dios. A medida que aprendemos más sobre esta relación entre Dios y su pueblo, lo conocemos a Él.
«Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia», escribió Pablo (2 Timoteo 3:16). Leámosla. Incluso Levítico. Tim Gustafson - Pan Diario

«Ayuda mi incredulidad»

«¿Dónde está mi fe?… incluso en el fondo, no hay nada sino vacío y oscuridad […]. Si Dios existe, por favor, perdóname».
Podría sorprenderte quién escribió estas palabras: Teresa de Calcuta. Amada y famosa por su incansable servicio a los pobres en la India, experimentó silenciosamente una desesperada batalla por su fe durante 50 años. Después de su muerte, en 1997, esa lucha salió a la luz cuando partes de su diario se publicaron en el libro Ven, sé mi luz.
¿Qué hacemos con nuestras dudas o los sentimientos de que Dios está ausente? Estas situaciones acosan a algunos creyentes más que a otros. Pero muchos fieles creyentes en Jesús pueden, en ciertos momentos de su vida, experimentar tales períodos. Doy gracias de que las Escrituras nos han dejado una oración hermosa y paradójica que expresa la existencia de la fe así como su falta. En Marcos 9, Jesús encuentra a un padre cuyo hijo ha estado atormentado por demonios desde su niñez (v. 21). Cuando le dice al hombre que debe tener fe —«al que cree todo le es posible» (v. 23)—, él le responde: «Creo; ayuda mi incredulidad» (v. 24). Este sincero y sentido ruego nos invita a los que luchamos con la duda a entregársela a Dios, confiando en que Él puede fortalecer nuestra fe y sostenernos en los valles más oscuros que atravesemos. Adam Holz - Pan Diario