Legado eterno

Cuando las tormentas de arena Dust Bowl azotaron los Estados Unidos durante la Gran Depresión, John M. David, un residente de Hiawatha, Kansas, decidió hacerse famoso. Millonario y sin hijos, podría haber invertido en obras de caridad o desarrollo económico, pero prefirió gastar una gran cantidad de dinero en construir once estatuas de tamaño real de él y su fallecida esposa en el cementerio local. 
«En Kansas me odian», le dijo a un periodista. Los habitantes de la ciudad querían que financiara la construcción de instalaciones públicas como un hospital, una piscina o un parque. Sin embargo, lo único que dijo fue: «Es mi dinero y lo gasto como quiero».
El rey Salomón, el hombre más rico de su época, escribió: «El que ama el dinero, no se saciará de dinero» y «cuando aumentan los bienes, también aumentan los que los consumen» (Eclesiastés 5:10-11). Era consciente de las tendencias corruptivas de las riquezas. Pablo también entendía eso y decidió invertir su vida en obedecer a Jesús. Desde una cárcel romana, esperando ser ejecutado, escribió: «ya estoy para ser sacrificado, […] he acabado la carrera, he guardado la fe» (2 Timoteo 4:6-7). Lo que realmente perdura es lo que damos por amor unos a otros y al Señor, quien nos muestra cómo amar. Tim Gustafson - Pan Diario

Dios solo puede satisfacer

A un hombre le entregaron en su casa comida por mil dólares, pero no estaba por tener una fiesta. En realidad, él no había hecho ese pedido, sino su hijo de seis años. ¿Cómo fue? El padre lo había dejado jugar con su teléfono y el niño lo usó para pedir platos caros de varios restaurantes. «¿Por qué hiciste eso?», le preguntó el padre, mientras el niño se escondía bajo el cobertor. El niño respondió: «Tenía hambre». Su apetito e inmadurez lo llevaron a un costoso resultado.
El apetito de Esaú le costó mucho más que mil dólares. La historia en Génesis 25 lo describe exhausto y desesperado por comida. Le dijo a su hermano: «Te ruego que me des a comer de ese guiso rojo, pues estoy muy cansado» (v. 30). Jacob respondió pidiéndole su primogenitura (v. 31), la cual incluía su lugar especial como hijo mayor, la bendición de las promesas de Dios, una doble porción de la herencia y el privilegio de ser el líder espiritual de la familia. Cediendo ante su apetito, Esaú «comió y bebió» y «menospreció […] la primogenitura» (v. 34).
Cuando deseamos algo y somos tentados, en lugar de permitir que nuestros apetitos nos lleven a errores y pecados costosos, acudamos a nuestro Padre celestial, el único que «llena de bien» al alma hambrienta (Salmo 107:9). Marvin Williams - Pan Diario

Clamores de angustia

Atrapado bajo los escombros de dos pisos que colapsaron por un terremoto, Jinan, una niña siria de cinco años, gritaba pidiendo ayuda a los rescatadores mientras protegía a su hermanito: «Sáquenme de aquí; haré lo que me pidan. Seré su sirvienta».
Clamores de angustia se encuentran a lo largo de los salmos: «Desde la angustia invoqué al Señor» (Salmo 118:5). Aunque quizá nunca experimentemos el aplastante peso de edificios colapsados por terremotos, todos reconocemos los temores sofocantes producidos por diagnósticos médicos adversos, dificultades económicas, incertidumbre sobre el futuro y pérdidas de relaciones. En esos momentos, tal vez queramos negociar con Dios para que nos libere. Pero Él no necesita ser persuadido para ayudar. Promete responder, y aunque quizá no alivie nuestra situación, estará con nosotros y nos acompañará. Tampoco tenemos que temer ningún peligro; ni siquiera la muerte. Podemos decir con el salmista: «El Señor está conmigo entre los que me ayudan; por tanto, yo veré mi deseo en los que me aborrecen» (v. 7). No se nos promete un rescate tan dramático como el de Jinan y su hermano, pero podemos confiar en nuestro Dios fiel, que puso al salmista «en lugar espacioso» (v. 5). Él conoce nuestra situación y nunca nos abandonará. Matt Lucas - Pan Diario

Valentía en Cristo

En los albores del siglo xix, Mary McDowell vivía totalmente ajena a los brutales mataderos de Chicago. Aunque su casa estaba a solo unos 35 kilómetros, sabía poco de las terribles condiciones de trabajo que llevaron a los empleados a hacer huelga. Cuando se enteró de lo que enfrentaban junto con sus familias, se mudó a vivir entre ellos y abogar por mejores condiciones. Se ocupó de sus necesidades, incluso enseñando en una escuela en el fondo de una pequeña tienda.
Adoptar una posición firme a favor de mejores condiciones para otros es lo que hizo Ester. Era la reina de Persia (Ester 2:17) y tenía una serie de privilegios diferentes a los de su pueblo israelita, exiliado por todo ese imperio. No obstante, Ester asumió la carga de los Israelitas y arriesgó su vida por ellos, diciendo: «entraré a ver al rey, aunque no sea conforme a la ley; y si perezco, que perezca» (4:16). Podría haberse quedado callada porque su esposo, el rey, no sabía que era judía (2:10). Pero decidió no ignorar los ruegos de ayuda de su pueblo y trabajó valientemente para revelar el complot para destruir a los judíos.
Tal vez no podamos defender causas masivas como Mary McDowell o la reina Ester, pero sí ver las necesidades de otros y usar lo que Dios ha provisto para ayudarlos. Katara Patton - Pan Diario

Dios las hizo todas

Xavier, mi hijo de tres años, me apretó la mano cuando entramos en el Acuario de la bahía de Monterey, en California. Señalando hacia la escultura de tamaño real de una ballena jorobada, suspendida del techo, dijo: «¡Enorme!». Siguió con los ojos bien abiertos mientras exploramos cada sala. Nos reímos cuando las nutrias salpicaban agua mientras comían. Quedamos en silencio ante la gran ventana de vidrio, fascinados con las medusas doradas que danzaban en el agua azul eléctrico. «Dios hizo cada criatura del océano —dije—, así como nos hizo a ti y a mí». Y Xavier susurró: «Guau».
En el Salmo 104, ante la abundante creación de Dios, el salmista cantó: «¡Cuán innumerables son tus obras, oh Señor! Hiciste todas ellas con sabiduría» (v. 24). Declaró: «He allí el grande y anchuroso mar, en donde se mueven seres innumerables, seres pequeños y grandes» (v. 25). Proclamó la provisión generosa y plena de Dios para todo lo que creó (vv. 27-28), y afirmó haber determinado los días de existencia de cada ser (vv. 29-30).
Podemos unirnos al salmista, cantando esta declaración de devoción: «Al Señor cantaré en mi vida; a mi Dios cantaré salmos mientras viva» (v. 33). Toda criatura que existe, desde la más grande hasta la más pequeña, puede llevarnos a alabar porque Dios las hizo todas. Xochitl Dixon - Pan Diario