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Los israelitas habrán sentido algo parecido cuando oyeron las palabras del profeta Isaías: «me ungió el Señor; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos» (61:1). Al ver sus vidas desperdiciadas y su futuro oscuro, la voz clara de Isaías les traía buenas noticias. La intención de Dios era «vendar a los quebrantados de corazón, […] publicar libertad a los cautivos […]; [restaurar] las ciudades arruinadas, los escombros de muchas generaciones» (vv. 1, 4). En medio de su terror, el pueblo escuchó la promesa tranquilizadora de Dios, su buena noticia.
Hoy, nosotros escuchamos la buena noticia (esto significa la palabra evangelio) de Dios en Jesús. En nuestros miedos, dolores y fracasos, Él da una buena noticia que abre paso a la alegría. Winn Collier - Pan Diario