Clamores de angustia

Atrapado bajo los escombros de dos pisos que colapsaron por un terremoto, Jinan, una niña siria de cinco años, gritaba pidiendo ayuda a los rescatadores mientras protegía a su hermanito: «Sáquenme de aquí; haré lo que me pidan. Seré su sirvienta».
Clamores de angustia se encuentran a lo largo de los salmos: «Desde la angustia invoqué al Señor» (Salmo 118:5). Aunque quizá nunca experimentemos el aplastante peso de edificios colapsados por terremotos, todos reconocemos los temores sofocantes producidos por diagnósticos médicos adversos, dificultades económicas, incertidumbre sobre el futuro y pérdidas de relaciones. En esos momentos, tal vez queramos negociar con Dios para que nos libere. Pero Él no necesita ser persuadido para ayudar. Promete responder, y aunque quizá no alivie nuestra situación, estará con nosotros y nos acompañará. Tampoco tenemos que temer ningún peligro; ni siquiera la muerte. Podemos decir con el salmista: «El Señor está conmigo entre los que me ayudan; por tanto, yo veré mi deseo en los que me aborrecen» (v. 7). No se nos promete un rescate tan dramático como el de Jinan y su hermano, pero podemos confiar en nuestro Dios fiel, que puso al salmista «en lugar espacioso» (v. 5). Él conoce nuestra situación y nunca nos abandonará. Matt Lucas - Pan Diario

Valentía en Cristo

En los albores del siglo xix, Mary McDowell vivía totalmente ajena a los brutales mataderos de Chicago. Aunque su casa estaba a solo unos 35 kilómetros, sabía poco de las terribles condiciones de trabajo que llevaron a los empleados a hacer huelga. Cuando se enteró de lo que enfrentaban junto con sus familias, se mudó a vivir entre ellos y abogar por mejores condiciones. Se ocupó de sus necesidades, incluso enseñando en una escuela en el fondo de una pequeña tienda.
Adoptar una posición firme a favor de mejores condiciones para otros es lo que hizo Ester. Era la reina de Persia (Ester 2:17) y tenía una serie de privilegios diferentes a los de su pueblo israelita, exiliado por todo ese imperio. No obstante, Ester asumió la carga de los Israelitas y arriesgó su vida por ellos, diciendo: «entraré a ver al rey, aunque no sea conforme a la ley; y si perezco, que perezca» (4:16). Podría haberse quedado callada porque su esposo, el rey, no sabía que era judía (2:10). Pero decidió no ignorar los ruegos de ayuda de su pueblo y trabajó valientemente para revelar el complot para destruir a los judíos.
Tal vez no podamos defender causas masivas como Mary McDowell o la reina Ester, pero sí ver las necesidades de otros y usar lo que Dios ha provisto para ayudarlos. Katara Patton - Pan Diario

Dios las hizo todas

Xavier, mi hijo de tres años, me apretó la mano cuando entramos en el Acuario de la bahía de Monterey, en California. Señalando hacia la escultura de tamaño real de una ballena jorobada, suspendida del techo, dijo: «¡Enorme!». Siguió con los ojos bien abiertos mientras exploramos cada sala. Nos reímos cuando las nutrias salpicaban agua mientras comían. Quedamos en silencio ante la gran ventana de vidrio, fascinados con las medusas doradas que danzaban en el agua azul eléctrico. «Dios hizo cada criatura del océano —dije—, así como nos hizo a ti y a mí». Y Xavier susurró: «Guau».
En el Salmo 104, ante la abundante creación de Dios, el salmista cantó: «¡Cuán innumerables son tus obras, oh Señor! Hiciste todas ellas con sabiduría» (v. 24). Declaró: «He allí el grande y anchuroso mar, en donde se mueven seres innumerables, seres pequeños y grandes» (v. 25). Proclamó la provisión generosa y plena de Dios para todo lo que creó (vv. 27-28), y afirmó haber determinado los días de existencia de cada ser (vv. 29-30).
Podemos unirnos al salmista, cantando esta declaración de devoción: «Al Señor cantaré en mi vida; a mi Dios cantaré salmos mientras viva» (v. 33). Toda criatura que existe, desde la más grande hasta la más pequeña, puede llevarnos a alabar porque Dios las hizo todas. Xochitl Dixon - Pan Diario

Haciendo el bien para Dios

Aunque, por lo general, Patricio no llevaba dinero encima, sintió que Dios lo guiaba a meter un billete de cinco dólares en el bolsillo antes de salir de su casa. Durante el almuerzo, en la escuela donde trabajaba, entendió por qué Dios lo había preparado para satisfacer una necesidad urgente. En medio del bullicio, oyó decir: «Esteban necesita cinco dólares para poner en su cuenta y poder almorzar el resto de la semana». ¡Imagina la emoción de Patricio al dar su dinero para ayudar a Esteban!
En Tito, Pablo les recuerda a los creyentes en Jesús que no eran salvos «por obras de justicia que [hubieran] hecho» (3:5), sino que debían «[procurar] ocuparse en buenas obras» (v. 8; ver v. 14). La vida puede ser extremadamente activa y agitada; y ocuparnos de nuestro bienestar, agotador. Sin embargo, como creyentes en Cristo, tenemos que estar «dispuestos para toda buena obra» (2 Timoteo 2:21). En lugar de preocuparnos por lo que no tenemos o no podemos hacer, pensemos en qué tenemos y podemos hacer con la ayuda de Dios. Al hacerlo, ayudamos allí donde otros necesitan y honramos al Señor. «Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 5:16). Arthur Jackson - Pan Diario

El poder mayor de Dios

En marzo de 1945, el «Ejército Fantasma» ayudó a las tropas estadounidenses a cruzar el río Rin y darles así una base de operaciones vital en la Segunda Guerra Mundial. El equipo de 1.100 hombres simuló ser 30.000 al usar, entre otras cosas, tanques señuelos inflables, efectos de sonido de vehículos y explosiones por altoparlantes. Ese número pequeño de miembros hizo que el enemigo temiera a un supuesto ejército mucho más grande.
Los madianitas también temblaron ante un pequeño ejército que parecía grande (Jueces 7:8-22). Dios utilizó a Gedeón —juez, profeta y líder militar de Israel—para hacer que su diminuto ejército aterrorizara al enemigo. También usaron efectos de sonido (trompetas que sonaban, vasijas que se rompían y gritos) y objetos visibles (antorchas encendidas) para que su enemigo, «como langostas en multitud» (v. 12), creyera enfrentar a un enemigo colosal. Esa noche, Israel los derrotó con un ejército de solo 300 hombres que, por mandato de Dios, quedaron de los 32.000 iniciales (vv. 2-8). ¿Por qué? Porque eso dejó claro quién ganó realmente la batalla. Como Dios le dijo a Gedeón: «yo lo he entregado en tus manos» (v. 9). Cuando nos sintamos débiles e inferiores, busquemos a Dios y su fuerza, porque su «poder se perfecciona en la debilidad» (2 Corintios 12:9). Tom Felten - Pan Diario