Vivir por fe

Guille tenía problemas de equilibrio, así que su doctor le prescribió terapia física. Durante una sesión, su terapista le dijo: «Confías demasiado en lo que ves. No dependes lo suficiente de tus otros sistemas —lo que está debajo de tus pies y tus señales en el oído interno—, que también tienen el propósito de mantenerte en equilibrio».
«Confías demasiado en lo que ves» me recuerda la historia de David, un joven pastor, y su encuentro con Goliat. Durante 40 días, Goliat, el paladín filisteo, «se paseaba dándose aires delante del ejército israelita», desafiándolos a enviar a alguien a pelear con él (1 Samuel 17:16 NTV). Por naturaleza, el pueblo se enfocaba en lo que le causaba temor. Entonces, apareció el joven David a quien su padre le había pedido que les llevara comida a sus hermanos (v. 18).
¿Cómo vio David la situación? Por fe en Dios, no por la vista. Vio al gigante, pero confió en que Dios salvaría a su pueblo. Aunque era un muchacho, le dijo al rey Saúl: «Que no se desanime nadie por causa de ese filisteo; este siervo tuyo irá a pelear contra él» (v. 32 RVC). Y le dijo a Goliat: «La victoria es del Señor, y él va a ponerlos a ustedes en nuestras manos» (v. 47). Y Dios lo hizo.
Confiar en el carácter y el poder de Dios nos ayuda a vivir más por fe que por vista. Anne Cetas - Pan Diario

La voz del Padre

El padre de mi amigo murió hace poco. Cuando se enfermó, se deterioró rápidamente, y en cuestión de días, falleció. Mi amigo y su papá siempre habían tenido una relación muy estrecha, pero todavía quedaban muchas preguntas por hacer, respuestas por buscar y conversaciones por tener. Tantas cosas sin haberse dicho, y ahora su padre ya no estaba. Mi amigo es consejero profesional: conoce los vaivenes del dolor y cómo ayudar a otros a atravesar esas aguas turbulentas. Aun así, me dijo: «A veces, simplemente necesito oír la voz de mi papá, esa confirmación de su amor. Siempre significó todo para mí».
Un evento trascendental al comienzo del ministerio terrenal de Jesús fue su bautismo, realizado por Juan. Aunque Juan trató de resistirse, Jesús insistió en que era necesario para poder identificarse con la humanidad: «Deja ahora, porque así conviene que cumplamos toda justicia» (Mateo 3:15). Juan hizo lo que Jesús le pidió. Y luego, sucedió algo que proclamó la identidad de Jesús ante Juan el Bautista y la multitud, y que seguramente tocó profundamente el corazón de Jesús. La voz del Padre le reafirmó a su Hijo: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia» (v. 17).
Esa misma voz en nuestro corazón nos reafirma a los creyentes su gran amor por nosotros. James Banks - Pan Diario

Su ayuda asombrosa

El comisario se maravilló por las oraciones, estimando que «cientos de miles o tal vez millones de plegarias fueron elevadas a Dios por ayuda durante el incendio en las montañas de Colorado en 2020, que arrasó más de 400 kilómetros cuadrados en doce horas, destruyendo bosques, quemando casas y amenazando ciudades enteras. Luego, llegó «el enviado de Dios», como lo llamó un meteorólogo. No fue lluvia, sino una oportuna nevada. Cayó en la zona del incendio, antes de temporada y alcanzando más de 30 centímetros de altura, reduciendo el fuego y, en algunos lugares, apagándolo.
Semejante ayuda misericordiosa es demasiado asombrosa de explicar. ¿Dios oye nuestras oraciones por nieve? ¿Y por lluvia también? La Biblia registra sus numerosas respuestas, incluso la de Elías, que esperaba que lloviera (1 Reyes 18:41-46), y que reconocía la soberanía de Dios aun en el clima. Como expresa el Salmo 147: «Él es quien […] prepara la lluvia para la tierra» (v. 8). «Da la nieve como lana, […] ante su frío, ¿quién resistirá?» (vv. 16-17).
Elías pudo oír «una lluvia grande» aun antes de que se formaran las nubes (1 Reyes 18:41). ¿Es nuestra fe en el poder de Dios tan poderosa? Él nos invita a confiar, sin importar su respuesta. Podemos buscar su ayuda asombrosa. Patricia Raybon - Pan Diario

Mortalidad y humildad

Los eruditos Jerónimo y Tertuliano relataban que, en la antigua Roma, cuando un general lograba una victoria épica, desfilaba en un carro reluciente por el centro de la capital, desde el alba hasta el atardecer. La multitud rugía, mientras el general disfrutaba de la adoración. Pero la leyenda señala que un siervo iba parado detrás de él todo el día, susurrándole: Memento mori («Recuerda que morirás»). En medio de toda la adulación, necesitaba la humildad que venía de recordar que era mortal.
Santiago le escribió a una comunidad infectada de deseos soberbios y una enorme autosuficiencia. Confrontando esa arrogancia, expresó palabras duras: «Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes» (Santiago 4:6). Necesitaban «[humillarse] delante del Señor» (v. 10). ¿Y cómo lo harían? Como los generales romanos, debían recordar que morirían. «No sabéis lo que será mañana. […] ¿qué es vuestra vida? […] neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece» (v. 14), insistía Santiago. Reconocer su debilidad les permitía vivir bajo la solidez de lo que «el Señor quiere» (v. 15).
Olvidar que tenemos los días contados puede generar soberbia. Pero cuando nuestra mortalidad nos humilla, consideramos que cada momento es solo por gracia. Memento mori. Winn Collier - Pan Diario

Éxito y sacrificio

Durante un programa de estudio de verano, mi hijo leyó un libro sobre un muchacho que quería escalar una montaña en los Alpes suizos. Aquel joven ocupaba casi todo su tiempo entrenando para eso. Cuando finalmente partió hacia la cima, las cosas no salieron como planeaban. Un compañero se enfermó, y él decidió quedarse a ayudar en lugar de alcanzar su meta.
En la clase, el maestro de mi hijo preguntó: «¿El personaje principal fracasó porque no escaló la montaña?». Un alumno dijo: «Sí, porque en su ADN estaba fracasar». Pero otro discrepó, diciendo que el muchacho no fracasó porque dejó algo importante para ayudar a otra persona.
Cuando dejamos de lado nuestros planes y nos ocupamos de otras personas, estamos actuando como Jesús, quien sacrificó tener una casa, ingresos suficientes y reconocimiento social a cambio de viajar y compartir la verdad de Dios. Finalmente, dio su vida para mostrarnos el amor de Dios y liberarnos del pecado (1 Juan 3:16).
El éxito a los ojos de Dios difiere mucho del terrenal. Él valora la compasión que nos lleva a rescatar a los minusválidos y afligidos (v. 17). Aprueba las decisiones que protegen a las personas. Con su ayuda, podemos adoptar sus valores y dedicarnos a amarlo a Él y a los demás: el logro más significativo que existe. Jennifer Benson Schuldt - Pan Diario