Haciendo el bien para Dios

Aunque, por lo general, Patricio no llevaba dinero encima, sintió que Dios lo guiaba a meter un billete de cinco dólares en el bolsillo antes de salir de su casa. Durante el almuerzo, en la escuela donde trabajaba, entendió por qué Dios lo había preparado para satisfacer una necesidad urgente. En medio del bullicio, oyó decir: «Esteban necesita cinco dólares para poner en su cuenta y poder almorzar el resto de la semana». ¡Imagina la emoción de Patricio al dar su dinero para ayudar a Esteban!
En Tito, Pablo les recuerda a los creyentes en Jesús que no eran salvos «por obras de justicia que [hubieran] hecho» (3:5), sino que debían «[procurar] ocuparse en buenas obras» (v. 8; ver v. 14). La vida puede ser extremadamente activa y agitada; y ocuparnos de nuestro bienestar, agotador. Sin embargo, como creyentes en Cristo, tenemos que estar «dispuestos para toda buena obra» (2 Timoteo 2:21). En lugar de preocuparnos por lo que no tenemos o no podemos hacer, pensemos en qué tenemos y podemos hacer con la ayuda de Dios. Al hacerlo, ayudamos allí donde otros necesitan y honramos al Señor. «Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mateo 5:16). Arthur Jackson - Pan Diario

El poder mayor de Dios

En marzo de 1945, el «Ejército Fantasma» ayudó a las tropas estadounidenses a cruzar el río Rin y darles así una base de operaciones vital en la Segunda Guerra Mundial. El equipo de 1.100 hombres simuló ser 30.000 al usar, entre otras cosas, tanques señuelos inflables, efectos de sonido de vehículos y explosiones por altoparlantes. Ese número pequeño de miembros hizo que el enemigo temiera a un supuesto ejército mucho más grande.
Los madianitas también temblaron ante un pequeño ejército que parecía grande (Jueces 7:8-22). Dios utilizó a Gedeón —juez, profeta y líder militar de Israel—para hacer que su diminuto ejército aterrorizara al enemigo. También usaron efectos de sonido (trompetas que sonaban, vasijas que se rompían y gritos) y objetos visibles (antorchas encendidas) para que su enemigo, «como langostas en multitud» (v. 12), creyera enfrentar a un enemigo colosal. Esa noche, Israel los derrotó con un ejército de solo 300 hombres que, por mandato de Dios, quedaron de los 32.000 iniciales (vv. 2-8). ¿Por qué? Porque eso dejó claro quién ganó realmente la batalla. Como Dios le dijo a Gedeón: «yo lo he entregado en tus manos» (v. 9). Cuando nos sintamos débiles e inferiores, busquemos a Dios y su fuerza, porque su «poder se perfecciona en la debilidad» (2 Corintios 12:9). Tom Felten - Pan Diario

Jesús habita en el interior

Cuando una tormenta de nieve azotó la región donde vivíamos, mi madre, viuda, aceptó quedarse con mi familia hasta que pasara. Pero nunca volvió a su casa y vivió con nosotros el resto de su vida. Su presencia nos cambió de muchas maneras positivas. Todos los días, transmitía consejos y sabiduría a la familia, y compartía historias ancestrales. Ella y mi esposo se hicieron muy amigos, compartiendo un similar sentido del humor y amor por los deportes. Dejó de ser una visita y se volvió una residente vital y permanente que transformó nuestros corazones aun después de que Dios la llamó al hogar celestial.
La experiencia evoca la descripción de Jesús de que Él «habitó entre nosotros» (Juan 1:14). Es una descripción emocionante porque, en el griego original, la palabra habitó significa «montar una tienda». Otra traducción dice: «vino a vivir entre nosotros» (NTV). Por la fe, recibimos a Jesús como el que habita en nuestro corazón. Pablo escribió: «[oro] para que os dé […] el ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, […] arraigados y cimentados en amor» (Efesios 3:16-17). Jesús no es una visita ocasional, sino un residente permanente en todos los que creen en Él. Abramos la puerta de nuestro corazón y démosle la bienvenida. Patricia Raybon - Pan Diario

Hablar con la ayuda de Dios

Por lo general, uno piensa que las mariposas no son criaturas ruidosas; después de todo, el aleteo de una simple mariposa monarca es casi inaudible. Pero en la selva mejicana, su aleteo grupal es sorprendentemente ruidoso. Cuando millones de monarcas aletean al mismo tiempo, suena como una catarata rugiente.
La misma descripción se da cuando cuatro criaturas aladas aparecen en la visión de Ezequiel. Aunque en un número menor que las mariposas, se compara el sonido de sus alas al «sonido de muchas aguas» (Ezequiel 1:24). Cuando se quedaron quietas y bajaron las alas, el profeta oyó la voz de Dios que lo llamaba a comunicar sus palabras a los israelitas (2:7).
A Ezequiel, como a los otros profetas del Antiguo Testamento, se le encomendó la tarea de decir la verdad al pueblo de Dios. Hoy, Dios nos pide a todos que contemos la verdad de su buena obra en nosotros a quienes nos rodean (1 Pedro 3:15). A veces, nos harán una pregunta directa; una invitación a compartir de forma ruidosa como una catarata. Otras veces, tal vez sea como un susurro, al satisfacer una necesidad no expresada. Cualquiera que sea la invitación a compartir el amor de Dios, debemos prestar atención, como Ezequiel, con oídos atentos para escuchar lo que Él quiere que digamos. Kirsten Holmberg - Pan Diario

¿Dueño o administrador?

«¿Soy dueño o administrador?». El CEO de una compañía multimillonaria se preguntó esto mientras evaluaba qué era mejor para su familia. Preocupado por las potenciales tentaciones de una vasta riqueza, no quería cargar a sus herederos con ese desafío. Entonces, dejó su participación como dueño y colocó el 100 % de las acciones en un fideicomiso. Reconocer que todo le pertenece a Dios lo ayudó a tomar esa decisión, y a permitir que su familia se ganara la vida trabajando y usara los beneficios futuros para la obra de Dios.
En el Salmo 50:10, Dios le dice a su pueblo: «Porque mía es toda bestia del bosque, y los millares de animales en los collados». Como el Creador de todo, Dios no nos debe ni necesita nada de nosotros. «No tomaré de tu casa becerros, ni machos cabríos de tus apriscos», dice (v. 9). Él nos provee generosamente todo, y usa también nuestras habilidades y fortalezas para que nos ganemos la vida. Por eso, es digno de nuestra alabanza de corazón.
Dios es dueño de todo. Pero por su bondad, decidió entrar en una relación con todos los que confían en Jesús, quien «no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos» (Marcos 10:45). Al valorar al Dador de los talentos y servirlo con ellos, somos bendecidos para su deleite para siempre. James Banks - Pan Diario