El poder de la Palabra de Dios


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Esteban era un comediante con futuro, y un pródigo. Criado en una familia cristiana, luchaba con sus dudas después de que su padre y dos hermanos murieran en un accidente. Con poco más de 20 años, había perdido su fe. Pero la encontró una noche en las heladas calles de Chicago. Un desconocido le dio un Nuevo Testamento de bolsillo, y al abrirlo, vio el índice que decía que los que estuvieran ansiosos leyeran Mateo 6:27-34.
Las palabras de Jesús en el Sermón del monte encendieron su corazón. Recuerda: «Fui iluminado inmediata y absolutamente. Me detuve en la fría esquina y leí el sermón, y mi vida nunca volvió a ser igual».
Así es el poder de las Escrituras. La Biblia es diferente a todos los libros porque es viva: ella nos lee a nosotros: «la palabra de Dios es […] más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, […] y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón» (Hebreos 4:12). Las Escrituras presentan la fuerza más poderosa del planeta; fuerza que transforma y lleva a la madurez espiritual. Abrámosla y leámosla en alta voz, pidiéndole a Dios que encienda nuestro corazón. Él promete de su palabra: «no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié» (Isaías 55:11). Mike Wittmer - Pan Diario

Dominio propio y fortaleza de Dios

En 1972, un estudio conocido como «prueba del malvavisco» se realizó para medir la capacidad de los niños de posponer la gratificación de sus deseos. Se les ofrecía un malvavisco, pero se les decía que si podían controlarse de comerlo durante diez minutos, recibirían otro. Alrededor de un tercio de los niños pudo abstenerse a fin de recibir un premio mayor (¡otro tercio se lo tragó en 30 segundos!).
Tal vez luchamos por mostrar dominio propio cuando se nos ofrece algo que deseamos, aun cuando sabemos que esperar sería mejor. No obstante, Pedro nos insta a agregar a nuestra fe muchas virtudes importantes, incluido el dominio propio (2 Pedro 1:5-6). Luego de poner la fe en Jesús, Pedro exhorta a sus lectores, y a nosotros, a seguir creciendo en virtud, conocimiento, paciencia, piedad, afecto fraternal y amor, «poniendo toda diligencia», como evidencia de nuestra fe (vv. 5-8).
Mientras que estas cualidades no nos ganan el favor de Dios ni nos aseguran un lugar en el cielo, demuestran —a nosotros mismos y a los demás— nuestra necesidad de controlarnos, a medida que Dios provee la sabiduría y la fuerza para hacerlo. Y por encima de todo, nos ha dado, por el poder del Espíritu Santo, «todas las cosas que pertenecen a la vida y a la piedad», y que le agradan. Kirsten Holmberg - Pan Diario

Las aves del cielo

El sol estival estaba saliendo y mi risueña vecina, al verme frente a mi casa, me susurró que me acercara. «¿Qué pasa?», dije intrigada en voz baja. Señaló hacia el porche, donde había una pequeña taza de paja encima de un escalón. «El nido de un colibrí —susurró—. ¿Ves las crías?». Los dos picos, pequeños como alfileres, apenas se veían mientras apuntaban hacia arriba. «Están esperando a la mamá». Nos quedamos allí, maravilladas. Saqué el teléfono para tomar una foto. «No te acerques mucho —dijo ella—. Que la madre no se asuste». Y así, adoptamos, desde lejos, una familia de colibrís.
Pero no duró mucho. A la semana siguiente, la mamá y sus crías se habían ido; tan silenciosamente como habían llegado. Pero ¿quién los cuidaría?
La Biblia da una respuesta gloriosa pero conocida. Tan conocida que tal vez olvidemos todo lo que promete: «No os afanéis por vuestra vida», dijo Jesús (Mateo 6:25). Una instrucción simple pero hermosa. Y agregó: «Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta» (v. 26).
Así como Dios cuida a las pequeñas aves, cuida de nosotros; alimentando nuestra mente, cuerpo, alma y espíritu. ¡Qué promesa magnífica! Miremos al Señor diariamente —sin preocupaciones— y elevémonos. Patricia Raybon - Pan Diario

Visión del futuro

Los 300 alumnos de la escuela secundaria de la pequeña ciudad de Neodesha, Kansas, no podían creer que, una pareja vinculada a su ciudad, había decidido pagar becas universitarias para todo estudiante local durante los siguientes 25 años.
Neodesha había sido económicamente golpeada, y los donantes esperaban que la ayuda impactara inmediatamente en las familias, pero que también incentivara a otros a mudarse a esa ciudad. Su visión era que su generosidad impulsara nuevos trabajos y una renovada vitalidad; un futuro totalmente diferente para todos.
Dios deseaba que su pueblo no solo fuera generoso para suplir sus propias necesidades sino también previendo un nuevo futuro para sus vecinos en dificultades. Sus instrucciones fueron claras: «cuando tu hermano empobreciere y se acogiere a ti, tú lo ampararás» (Levítico 25:35). Además de suplir las necesidades físicas básicas, el propósito de la generosidad era considerar lo que requeriría la vida juntos en comunidad. El Señor dijo: «lo ampararás; […] vivirá contigo » (v. 35).
Las formas más profundas de dadivosidad reinventan un futuro distinto. La generosidad creativa e inmensa de Dios nos alienta, previendo aquel día en el que viviremos juntos en abundancia y plenitud. Winn Collier - Pan Diario

Aflicción y gratitud

Después de la muerte de mi madre, una de sus compañeras que también tenía cáncer se me acercó y dijo llorando: «Tu mamá era tan buena conmigo. Lamento que ella muriera… en vez de morir yo».
«Mi mamá te amaba —le dije—, y orábamos para que Dios te permitiera ver crecer a tus hijos». Tomando sus manos, lloré con ella y le pedí a Dios que la consolara. También le agradecí por su recuperación, que le permitió seguir amando a su esposo y sus dos hijos.
La Biblia revela la complejidad del dolor cuando Job perdió casi todo, incluidos sus hijos. Se lamentó y «se postró en tierra y adoró» (Job 1:20). Con un esperanzado acto de entrega y una expresión de gratitud, declaró: «El Señor dio, y el Señor quitó; sea el nombre del Señor bendito» (v. 21). Si bien luego lucharía enormemente con su tristeza y la reconstrucción de su vida a manos de Dios, en ese momento aceptó e incluso se regocijó en la autoridad del Señor sobre las situaciones buenas y malas. Dios entiende las diferentes maneras en que luchamos con nuestras emociones y las procesamos. Nos invita a ser sinceros y vulnerables en nuestro dolor. Aun cuando la tristeza parece insoportable e interminable, Él reafirma su inmutabilidad. Con esta promesa, nos consuela y nos capacita para dar gracias por su presencia. Xochitl Dixon - Pan Diario